GRACIAS SENOR POR EL DON DEL SACERDOCIO

No puedo sino mirar hacia atrás y reconocer la fidelidad de Dios en cada etapa de mi vida.

Ingresé al seminario en el año 1993, con sueños, temores y una profunda intuición de que el Señor me llamaba. No sabía con claridad todo lo que implicaba ese “sí”, pero confié. Y Dios, como siempre, no se deja ganar en generosidad.

El 9 de noviembre del 2002 fui ordenado sacerdote. Ese día marcó un antes y un después en mi vida. Desde entonces, he procurado ser un instrumento en sus manos, consciente de que no es obra mía, sino suya.

Gran parte de mi ministerio lo viví en Piura, en el Santuario de la Virgen del Perpetuo Socorro, un lugar de gracia donde aprendí a amar más profundamente a la Iglesia y al pueblo de Dios. Allí también serví como promotor vocacional de los Misioneros Redentoristas, acompañando a muchos jóvenes en el discernimiento de su llamado.

He tenido la bendición de trabajar durante años en la Pastoral Juvenil Vocacional. Hoy veo con alegría cómo muchos de aquellos jóvenes han crecido, son profesionales, y algunos han respondido al llamado de Dios como sacerdotes, religiosos y religiosas. Eso llena el alma de consuelo y confirma que Dios sigue llamando.

Mi camino también me llevó por distintas comunidades: la Parroquia de Fátima en Trujillo, San Gabriel de Cascas, San Alfonso en Santa Anita (Lima), Santa María Magdalena de Casma, y ahora la Parroquia San Pedro el Pescador. En cada lugar he encontrado rostros concretos donde Cristo se hace presente.

Hoy puedo decir con humildad y convicción que me siento feliz con mi vocación. He sido testigo de cómo Dios actúa a través de lo pequeño: una predicación, un consejo, un retiro, un libro, una palabra oportuna. Muchas personas me han compartido sus testimonios de conversión, sanación y esperanza, y eso me confirma que, como decía Santa Teresa de Calcuta, soy apenas “un lápiz en las manos de Dios”.

Nada de esto es mérito mío. Todo es gracia.

Y por eso, hoy, en este día santo, elevo esta oración:

Oración

Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote,
en este Jueves Santo quiero darte gracias
por el don inmenso de mi sacerdocio.

Gracias por haberme llamado
desde mi pequeñez,
por haber confiado en mí
a pesar de mis limitaciones.

Gracias por cada comunidad que me has confiado,
por cada rostro que he encontrado en el camino,
por cada joven que acompañé,
por cada vida que tocaste a través de mi ministerio.

Gracias porque me permites ser instrumento tuyo,
un sencillo lápiz en tus manos,
para escribir historias de amor, fe y esperanza
en el corazón de tu pueblo.

Perdona mis faltas, mis cansancios,
mis momentos de debilidad.
Y renueva hoy en mí la alegría de servirte,
la pasión por anunciarte
y la fidelidad a mi vocación.

Que nunca olvide que todo es gracia,
y que mi vida entera sea para tu gloria.

María, Madre del Perpetuo Socorro,
acompáñame siempre
y enséñame a decir “sí” cada día.

Amén.

1 Comentario

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *