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MI HISTORIA VOCACIONAL: ENTRE LA BÚSQUEDA, EL DOLOR Y LA VALENTÍA

Mi historia vocacional no fue sencilla. Desde el inicio, la vida estuvo marcada por el dolor. Mi padre murió cuando yo tenía apenas veinte días de nacido, y mi madre, siendo muy joven, tuvo que sacar adelante a siete hijos. Crecí en un pequeño pueblo de Cajamarca donde la presencia de la Iglesia era muy limitada. Mi primera experiencia religiosa fue en un ambiente evangélico, donde aprendí a hablar de Dios, pero también recibí una imagen marcada por el miedo: un Dios que juzga y castiga. Eso dejó huella en mi interior.

Con el paso del tiempo, especialmente en la adolescencia, viví una crisis profunda de fe. Llegué incluso a cuestionar la existencia de Dios. Fueron meses de búsqueda, de dudas y de cierta oscuridad interior. Sin embargo, algo dentro de mí no se apagaba. Cuando uno busca de verdad, tarde o temprano se encuentra con Dios. Ese encuentro comenzó a darse a través del testimonio de personas concretas. Recuerdo especialmente a un sacerdote cercano a los jóvenes, cuya vida me impactó profundamente. Vi en él una alegría y una plenitud que yo no tenía, y eso despertó en mí una pregunta decisiva: ¿por qué él es feliz y yo no?

Ahí comenzó mi camino vocacional. Sentí el llamado al sacerdocio, pero decir “sí” no fue fácil. Implicaba dejar mi mundo, mi familia, mis amigos. El desapego duele. Recuerdo que el momento de partir estuvo lleno de lágrimas e incertidumbre. Pero también de fe. Con el tiempo entendí que la valentía no es la ausencia de miedo, sino la capacidad de avanzar a pesar de él.

Esa misma experiencia la viví también cuando tomé la decisión de fundar los Misioneros Alfonsianos. Dejar la seguridad, empezar de nuevo, confiar en Dios sin tener todo resuelto no fue sencillo. Sin embargo, he podido experimentar de manera concreta la providencia de Dios. Nunca ha faltado lo necesario. Siempre ha habido personas, momentos y signos que me han confirmado que Dios camina con nosotros.

Hoy puedo decir que mi historia está hecha de luchas, de preguntas, de heridas, pero también de gracia, de sentido y de esperanza. Y si algo he aprendido en este camino es que Dios sigue llamando. Y quien se atreve a responder descubre que vale la pena confiar en Él. Porque la vocación no es para perfectos… es para valientes.

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