NO SOY POLITICO… SOY UN PASTOR

En tiempos electorales, es casi inevitable que surjan comentarios, interpretaciones y, a veces, juicios apresurados. Basta una foto, una reunión o una conversación para que alguien concluya: “ya se definió”, “está con tal candidato” o “se inclinó por tal grupo”. Pero vale la pena detenernos un momento y preguntarnos con honestidad: ¿cuál es realmente el lugar de un pastor en medio de la vida política?

Lo primero que quiero afirmar, con claridad, es que creo en la política. No comparto esa idea tan extendida de que “la política es cochina”. No. La política, en su esencia más profunda, es una de las formas más altas de servicio al bien común. Es el espacio donde se busca organizar la sociedad con justicia, promover el desarrollo y velar por la dignidad de todos.

Otra cosa muy distinta es que existan políticos que no honran esa vocación y que, con sus actos, ensucian aquello que debería ser noble. Pero no podemos condenar la política por los errores de algunos. Más bien, necesitamos mejores políticos, más conscientes de su responsabilidad y más comprometidos con la verdad y el bien común.

En segundo lugar, quiero decirlo con serenidad, pero también con firmeza: no estoy partidarizado. No pertenezco a ningún partido político ni apoyo institucionalmente a ningún candidato. No es mi rol, no es mi misión y no es mi camino.

Mi identidad es otra: Soy pastor. Y ser pastor significa acoger, escuchar, acompañar y cuidar a todos… A todos, sin excepción. Eso incluye a quienes están en la vida política, así como incluye a los jóvenes, a las familias, a los enfermos, a los trabajadores, a los que creen y a los que dudan.

Por eso, cuando un político se acerca, lo recibo como recibo a cualquier persona. Lo escucho como escucho a cualquier fiel. Dialogo, comparto, y si me lo piden, también oro por él o ella. Porque antes que político, es una persona, un hijo de Dios, alguien que también necesita luz, discernimiento y fortaleza.

Pero recibir no es respaldar. Escuchar no es adherirse. Dialogar no es tomar partido. Aquí es donde muchas veces se produce la confusión. Vivimos en una cultura donde rápidamente se etiqueta: si hablas con alguien, ya estás de su lado; si te tomas una foto, ya lo apoyas; si no atacas, entonces estás a favor. Pero la misión del pastor no es dividir, sino ser puente. No es alinearse con un grupo, sino estar disponible para todos.

Mi compromiso no es con un partido, sino con Cristo. Y desde Cristo, con su pueblo entero. Eso implica también una responsabilidad: iluminar las conciencias, promover valores, invitar al discernimiento, recordar la dignidad de la persona humana, la importancia de la verdad, la justicia y el bien común. Esa es la contribución propia de la Iglesia en la vida social y política.

No se trata de desentenderse de la realidad, sino de situarse correctamente dentro de ella. Hoy más que nunca necesitamos una política más humana, más ética, más centrada en la persona. Y para eso, cada uno debe cumplir bien su rol. Los políticos, haciendo buena política. Y los pastores, siendo verdaderos pastores.

Por mi parte, seguiré haciendo lo que me corresponde: abrir las puertas, tender puentes, escuchar sin prejuicios y acompañar con el corazón de Cristo.

Porque un pastor no está llamado a ser de un grupo. Está llamado a ser para todos.

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