“DIOS NUNCA DEJA DE LLAMAR”
Testimonio del Hno. Martín Saavedra Bereche
Mi nombre es Víctor Martín Saavedra Bereche. Soy natural de Sullana, Piura, y actualmente curso el año pastoral dentro de los Misioneros Alfonsianos, acompañando diversos grupos y servicios pastorales en la parroquia San Pedro El Pescador.
Desde pequeño me gustó participar en la Iglesia. Trabajé como acólito y catequista junto a los padres maristas en mi parroquia. Cuando ellos se fueron, yo continué colaborando como laico comprometido. Terminando la secundaria decidí estudiar Filosofía y Religión en la Universidad de Piura, y fue allí donde encontré un afiche de los Misioneros Redentoristas. Ese pequeño detalle despertó en mí la inquietud vocacional y comencé un proceso de acompañamiento.
Ingresé al seminario, pero poco tiempo después mi vida cambió completamente. Mi madre había perdido a una de mis hermanas y estaba atravesando un profundo duelo. En medio de ese dolor, no aceptaba que yo continuara en la vida religiosa. Pocos meses después, ella falleció. Aquello me golpeó profundamente.
Entonces decidí salir del seminario y me hice una promesa: estudiar una carrera profesional y esperar. En el fondo de mi corazón seguía pensando: “Si Dios realmente me ha llamado, Él volverá a mostrarme el camino”.
Con el tiempo comprendí que prepararse profesionalmente también es importante. Me convertí en profesor de educación primaria, diseñador gráfico y también desarrollé habilidades en el arte, especialmente en pintura y escultura.
Pasaron varios años. Trabajé en distintos lugares y, por circunstancias de la vida, terminé viviendo en Huánuco. Allí trabajaba en una óptica, pero al mismo tiempo veía de cerca la realidad de muchos pueblos pobres donde faltaban sacerdotes y atención pastoral. Y poco a poco volvió esa inquietud interior.
Ese deseo de entregar mi vida al servicio del Evangelio comenzó nuevamente a crecer dentro de mí. Entonces decidí buscar una comunidad religiosa. Empecé a conocer distintas comunidades y me hice una promesa: iría donde me sintiera verdaderamente feliz.
En ese proceso llegué a una comunidad contemplativa llamada Siervos de la Divina Misericordia. Allí viví dos años de mucha oración, silencio y alejamiento del mundo. Esa experiencia me ayudó muchísimo. Me permitió reencontrarme conmigo mismo y también con Dios.
Como todo joven, antes había vivido muy metido en las diversiones, las salidas y las amistades. Pero cuando Dios llama, uno empieza a mirar la vida de una manera distinta.
Con el acompañamiento espiritual entendí que Dios me estaba orientando más hacia la vida activa y misionera. Entonces retomé mi camino con los Misioneros Redentoristas. Allí conocí más profundamente la espiritualidad de san Alfonso María de Ligorio, el amor a Nuestra Señora del Perpetuo Socorro y el espíritu misionero. Todo eso me cautivó muchísimo.
Sin embargo, nuevamente aparecieron dificultades familiares. Yo soy hijo único después de la muerte de mis hermanos, y mi padre, ya mayor, comenzó a necesitar mucho de mi cercanía y apoyo. En ese tiempo los estudios de formación se iban a realizaban fuera del país, y eso hacía muy difícil continuar.
Entonces comprendí algo muy importante: Dios va mostrando el camino, pero uno también tiene que discernir responsablemente su realidad. En medio de todo eso me reencontré con el P. Walter Malca, quien me compartió la inquietud de formar una nueva comunidad inspirada en la espiritualidad alfonsiana. Y sentí nuevamente que Dios me hablaba.
Como dicen por ahí: “el primer amor no se olvida”. Y el primer amor que encontré en la vida religiosa fue precisamente a través de la espiritualidad de san Alfonso.
Hoy formo parte de los Misioneros Alfonsianos y puedo decir que Dios sigue haciendo cosas hermosas en nuestra comunidad. Han sido años de mucho trabajo, sacrificio y aprendizaje, pero también de mucha esperanza.
Trabajo especialmente con jóvenes y niños en la pastoral parroquial. Y algo que he aprendido es que los jóvenes no necesitan rigidez ni imposiciones; necesitan ser escuchados, valorados y acompañados.
Vivimos tiempos difíciles, donde muchos jóvenes crecen rodeados de violencia, droga, delincuencia y falta de oportunidades. Por eso creo que la Iglesia tiene que abrir espacios donde ellos puedan descubrir sus cualidades y encontrar sentido para sus vidas.
Siempre les digo a los jóvenes: no tengan miedo de buscar a Dios. Dense la oportunidad de vivir una experiencia vocacional. Tener una experiencia no significa que ya vas a ingresar al seminario o a la vida religiosa. Significa simplemente abrir el corazón para descubrir qué quiere Dios de ti.
Hoy puedo decir que mi historia ha estado llena de pausas, búsquedas, dificultades y preguntas. Pero también puedo decir algo con certeza: Dios nunca deja de llamar. Y cuando uno aprende a escuchar su voz, descubre que vale la pena seguirlo.


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