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Todo empezó en Cerro de Pasco, mi tierra natal, una región hermosa pero muy fría, ubicada a 4300 metros de altura. Allí crecí, jugando fútbol bajo la lluvia y armando muñecos de nieve con mis amigos hasta que las manos se nos partían por el frío. Vengo de una familia profundamente católica; de hecho, mis padres se conocieron en el coro de la parroquia de allá, y mi abuela siempre estuvo muy vinculada a la Iglesia. Mi nombre es Marvin Jaco Cabello, y desde muy pequeño mi madre me inculcó el rezo del Santo Rosario y la asistencia a la Misa dominical, lo que fue moldeando mi experiencia de Dios.

No piensen que por sentir el llamado desde niño fui un ángel inmaculado. Era un chico travieso y pícaro. Recuerdo vívidamente una travesura al terminar la primaria: saliendo de la escuela en el turno de la tarde, encontramos unas frutas podridas que habían dejado unos camiones. Nos escondimos en un parque detrás de un árbol y empezamos a lanzárselas a los autos que pasaban. ¡Uno de los conductores nos persiguió y corrimos asustados! Esas experiencias de niñez nos humanizan y nos recuerdan que Dios llama a seres humanos reales, con virtudes y defectos.

Mi inquietud vocacional nació temprano, alrededor de los ocho años, cuando entré al grupo de acólitos de mi parroquia. Me fascinaba la liturgia y la labor del sacerdote. Al terminar el colegio, esa inquietud cobró más fuerza gracias a unas jornadas vocacionales organizadas por los sacerdotes de la diócesis de Tarma, a la cual pertenece Cerro de Pasco. Sin embargo, estaba indeciso y lleno de dudas; no tenía idea de cómo era la vida en el seminario y pensaba que pasaríamos el día entero rezando en silencio como ermitaños. Además, mis padres querían que estudiara Ingeniería, así que viajé a Lima para prepararme en un centro preuniversitario.

Durante ese año en Lima, la voz del Señor se hizo más personal e intensa mientras rezaba el rosario con mi abuela y asistía a Misa. Finalmente tomé valor. Recuerdo que fuimos al Santuario de Santa Rosa en el centro de Lima y, con lágrimas en los ojos, le confesé a mi mamá mi deseo de ser sacerdote. Ella me apoyó de inmediato, al igual que mi papá y mi hermano. Mis amigos de la parroquia en la sierra se emocionaron tanto que me acompañaron en mis días libres cuando inicié mi formación en el seminario interdiocesano de Huancayo.

El Descubrimiento de una Formación Integral

Al ingresar descubrí que el seminario no era un lugar aburrido, sino un espacio de formación integral con una vida muy ordenada pero flexible. Hay momentos fuertes de oración, Eucaristía y estudio, pero también tiempo para el trabajo manual y el compartir comunitario. El fútbol fue nuestra gran válvula de escape; nos apasionábamos tanto jugando que más de una vez terminamos con alguna lesión o fractura, pero esas risas y juegos nos unieron muchísimo.

Por supuesto, también hubo dificultades. Al haberme criado prácticamente como hijo único —mi único hermano me lleva doce años—, me costó mucho adaptarme a la convivencia comunitaria. En Huancayo compartía con seminaristas de la costa, de la selva y del extranjero, cada uno con caracteres distintos, costumbres diferentes y bromas pesadas que a veces me afectaban. Aprender a tener paciencia y aceptar la diversidad fue un gran reto que logré superar gracias al valioso acompañamiento de mi director espiritual.

Una Nueva Realidad en el Callao

Gran parte de mi camino lo hice para la diócesis de Tarma, donde construí una profunda amistad con Monseñor Luis Alberto, quien era superior de los comunianos antes de ser nombrado obispo de esa jurisdicción. Tiempo después, él fue trasladado a la diócesis del Callao, lo cual nos dejó muy tristes en la sierra. Tras un proceso de discernimiento y conversación con las autoridades eclesiásticas, solicité mi traslado para continuar mi proceso en el Callao, buscando la cercanía y confianza de Monseñor Luis Alberto, quien me acogió con generosidad.

Actualmente ya concluí mis estudios en el seminario y me encuentro realizando mi labor pastoral en una parroquia del Callao. Al principio sentía mucha ansiedad pensando en cuándo llegaría el momento de mi ordenación. Sin embargo, la oración me ha devuelto una paz profunda. En la reciente fiesta de Corpus Christi tuve la inmensa gracia de recibir la admisión a las Sagradas Órdenes, un paso litúrgico que me llena de motivación y serenidad para lo que viene. Lo que me sostiene cada día es la vida de oración —un hábito hermoso y arraigado que me regaló el seminario— y el contacto diario con el pueblo: ver sonreír a la gente que llega triste, escuchar sus problemas y ofrecerles una palabra de aliento espiritual es mi mayor recompensa.

A los jóvenes que se debaten entre las exigencias del mundo y una inquietud interior, les aconsejo que cultiven su vida espiritual y cuiden su interioridad. Vivimos en una sociedad muy ruidosa y competitiva que nos empuja a la extroversión, pero no debemos olvidar que Dios habita en el silencio de nuestra conciencia. Busquen al Señor en la naturaleza, en la familia, en los sacramentos y en la vida diaria. Y si sienten el llamado al sacerdocio o a la vida religiosa, no tengan miedo de dejar los dilemas atrás; ¡juéguensela toda por Cristo, porque vale totalmente la pena!

Preguntas para la reflexión:

  1. Dejé mis planes de estudiar Ingeniería en Lima para seguir el llamado de Dios. ¿Qué ruidos o expectativas externas te están impidiendo escuchar lo que Dios realmente quiere para tu vida?
  2. Al ser criado como hijo único, convivir con caracteres tan diferentes en el seminario fue mi mayor prueba. ¿En qué relaciones de tu día a día te está pidiendo el Señor ejercitar la paciencia y la aceptación del otro?
  3. Encuentro mi motivación diaria al ver que una palabra de aliento devuelve la alegría a las personas que sufren. ¿Cómo estás usando los dones que Dios te dio para servir y aliviar las cargas de quienes te rodean?

Oración:

Señor Jesús, te damos gracias por la vocación de Marvin Jaco Cabello y por su valiente respuesta desde las alturas de Cerro de Pasco hasta su misión en el Callao. Te pedimos que bendigas su camino hacia el altar y que continúes encendiendo en el corazón de muchos jóvenes el deseo de cultivar su vida interior, para que, venciendo los miedos y las dudas, se atrevan a jugárselo todo por Ti y por el servicio de tu pueblo. Amén.

Mira el testimonio del Sem. Marvin en nuestro canal oficial de VALIENTES TV:

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