Del Corazón a las Aulas: Mi Camino como Cooperador de la Verdad
Todo empezó en el calor de mi hogar. Nací y crecí en una familia de fe profunda en Valencia, España. Para nosotros, la Misa de los domingos era sagrada, un momento de encuentro familiar y espiritual. Además, la vocación no era algo ajeno: dos tíos de mi madre eran religiosos marianistas, lo que sembró en mí, desde pequeño, la semilla de la fe, el amor y la confianza en el Señor.
Esa semilla germinó en el colegio de los Escolapios, cerca de mi casa. Allí, entre las aulas y la parroquia, mi vocación comenzó a perfilarse. No crean que siempre fui el niño modelo que soñaba con el altar; al contrario, era bastante inquieto y movido. Mi hermano mayor incluso tuvo que sacarme de la piscina alguna vez cuando me tiré sin saber nadar, ¡un poco a lo loco!
A los dieciséis años, al final de la educación básica, la inquietud vocacional se hizo más fuerte. Tenía el deseo de ser profesor y, como cualquier joven, de casarme y formar una familia. Sin embargo, en mi colegio, los Escolapios eran sacerdotes y profesores. Me llamaba la atención su dedicación a la educación, la catequesis, las Misas que celebraban con nosotros, los campamentos y las convivencias. Fue entonces cuando empecé a plantearme que el Señor no solo me llamaba a ser profesor, sino también sacerdote.
A los diecisiete años, en mis últimos años de secundaria, compartí mi intención con mis padres. Les dije que sentía el llamado y que quería participar en una convivencia vocacional con los Escolapios. Aunque para mi madre supuso una renuncia inicial por mi partida al seminario, siempre respetaron y apoyaron mi decisión. Ver que estaba contento y que mi vocación era un servicio a Dios y a la Iglesia fue suficiente para ellos. Mis amigos del colegio y de la parroquia, también inmersos en un ambiente de fe, se alegraron conmigo y me acompañaron en el proceso.
Un Nuevo Llamado dentro del Llamado
A los diecinueve años ingresé al seminario de los Escolapios. Tras un mes de experiencia vocacional y un periodo de pre-noviciado, inicié el noviciado en 1999. Fue un año de formación intensa, seguido de los primeros votos como religioso de votos temporales. Durante diez años me preparé, estudiando tres años de educación primaria y cinco de teología y filosofía. Fue una experiencia maravillosa que me permitió crecer, madurar y, sobre todo, profundizar en mi relación de amistad con el Señor, dedicando toda mi vida a Él y al servicio de los demás. A los veintinueve años recibí la ordenación sacerdotal, un momento de inmensa alegría y responsabilidad, un don y un misterio que me supera pero que asumo con la gracia de Dios.
Mi ministerio educativo comenzó en 2007 como profesor en una escuela escolapia en Albacete. Durante cuatro años di clases a niños de primaria y realicé pastoral juvenil. Sin embargo, en 2011, sentí, junto con un grupo de Escolapios, un nuevo llamado dentro del llamado, como decía Santa Teresa de Calcuta. Se dio una situación que nos llevó a salir de la orden para formar una nueva Congregación: los Cooperadores de la Verdad, una expresión de la Tercera Carta de San Juan que San José de Calasanz, fundador de los Escolapios, usaba para definir nuestra misión educativa.
No fue fácil dejar la orden, pero sentíamos un llamado a volver a los orígenes, a la educación de los más pobres entre los pobres. Así, en 2011, nació esta nueva Congregación, con la misión de educar gratuitamente a los niños, sin cobrarles pensión, basándonos en la gratuidad del amor de Dios.
Gratuidad y Servicio en el Callao
En septiembre de 2016, mi camino me trajo al Perú, específicamente al Callao. ¡Ya son diez años de misión aquí! Llegamos invitados por el Obispo, Monseñor José Luis del Palacio, quien conocía nuestra Congregación y nos ofreció venir al colegio más pobre y necesitado, en el barrio de La Perla.
Aquí hemos visto que la educación a menudo se convierte en un negocio, exigiendo pagos altos en colegios particulares. Ante esta realidad, decidimos no cobrar una pensión a los alumnos. Solo pedimos una matrícula de 50 soles y útiles de aseo al inicio del año. Las familias pueden dar donativos voluntarios, pero no les exigimos nada. Sin embargo, su colaboración es inmensa: siempre que pedimos ayuda para alguna actividad del colegio, como la que tendremos este domingo, se vuelcan.
Nuestra misión es ofrecer la mejor educación posible gratuitamente, por amor a Dios y a los niños y jóvenes, para que crezcan, se desarrollen y progresen, mejorando sus vidas, sus familias y su entorno. Esta educación gratuita tiene un costo, que financiamos con donaciones de personas conocidas en España, empresas en el Perú y donantes de Estados Unidos que nos apoyan con la construcción del colegio y el pago de los profesores. Es una labor que sostenemos gracias a la buena voluntad de amigos, conocidos y gente de fe que cree en la importancia de la educación de los chicos.
Retos y Alegrías en el Camino
En este largo recorrido no todo ha sido color de rosas. He encontrado dificultades, como mis primeros años de profesor en Albacete, donde me costaba mantener la disciplina en el salón y lograr que los alumnos estuvieran atentos y motivados. También hay momentos de soledad, incomprensión y errores personales. Como cualquier ser humano y pecador, me equivoco, a veces pierdo la paciencia con los chicos o levanto la voz. Reconocer estas fallas, pedir perdón y trabajar en la paciencia conmigo mismo y con los demás es parte de mi camino vocacional.
Pese a los retos, lo que me anima y entusiasma es el servicio directo a mi pueblo. El sacramento que recibí no ha caído en un saco vacío, sino que ha transformado mi corazón y me ayuda a darlo a los hermanos que necesitan auxilio. En el seminario aprendí a desprenderme de los bienes, a interiorizar la Palabra de Dios y a interiorizarla, y eso me ha ayudado a no tener mi corazón pegado a las cosas materiales y a profundizar en la formación académica y espiritual.
En estas etapas de mi vida, he aprendido que el servicio es lo que da alegría. Ver cómo los chicos crecen y maduran, dar una palabra de consuelo o ánimo, catequizar y confesar es lo que más me hace feliz. A todos los que lean mi testimonio, especialmente a los jóvenes, les digo: no tengan miedo. La búsqueda de la felicidad está en darse a los demás, en hacer el bien al prójimo. Si en su corazón tienen el deseo de servir a Dios y a los demás, busquen, pregunten y acérquense a los sacerdotes. Dios cumple los deseos del corazón y, si es de Dios, Él les dará su gracia, amor y fuerza para que se cumpla su vocación y sean plenamente felices. Un abrazo y que Dios les bendiga.
Preguntas para la reflexión:
- Yo soñaba con ser profesor y casarme, pero el Señor me llamó a ser sacerdote escolapio. ¿Qué planes personales te cuesta poner en las manos de Dios para que Él haga su voluntad?
- Al principio me costaba mantener el orden en el salón de clases, pero el Señor me dio paciencia y perseverancia. ¿En qué aspectos de tu vida diaria necesitas pedirle a Dios que te dé paciencia para superar tus dificultades?
- Lo que más me anima es el cariño de mi pueblo y ver cómo viven su fe. ¿De qué manera concreta estás agradeciendo tú hoy al Señor por las personas que te rodean y te demuestran su amor?
Oración por las vocaciones:
Señor Jesús, te damos gracias por el testimonio del Padre Jesús Fuster y por su entrega en el Callao. Te pedimos que sigas llamando a muchos jóvenes, especialmente a aquellos inquietos y movidos como él, para que descubran en Ti su verdadera identidad y dignidad. Bendice a sus familias para que sean cunas donde los jóvenes se atrevan a lanzarse a caminar junto a Ti, y concédenos pastores aguerridos, austeros y dispuestos a sacrificar su vida por llevar tu Evangelio a los pueblos más olvidados. Amén.
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