DIOS SACA TESOROS DEL BARRO
Mi Caminar desde las Calles de Honduras hasta el Altar
Un Catracho de Corazón
¡Hola! Qué alegría y bendición poder saludarles a todos los que siguen este programa, Valientes TV. Soy el padre Elber Obed Suazo Guerra. Aunque hoy me ven aquí como sacerdote y misionero, quiero contarles que mi historia no comenzó en un altar ni en un seminario. Yo soy orgullosamente hondureño. Como decimos allá, soy un «catracho» de corazón, porque no hay otro pueblo más macho que el pueblo catracho. Provengo del departamento de La Paz, específicamente de la ciudad de La Paz, y pertenezco a la diócesis de Comayagua en mi amado país.
Actualmente tengo la dicha de ser misionero, pero llegar hasta aquí implicó un largo proceso de transformación que inició de una manera muy curiosa. No tuve el camino «clásico» de muchos sacerdotes; ese proceso de catequesis continua desde niño, la Primera Comunión, y pasar por grupos de adolescentes hasta llegar a la Confirmación. Mi primer contacto real y consciente con las cosas de Dios ocurrió ya siendo un joven de diecisiete años. Antes de esa edad, la historia de mi vida era otra, una muy distinta a la que vivo hoy.
Mi Vida Antes del Llamado
Vengo de una familia creyente, católicos bautizados, pero como se suele decir, no éramos practicantes. Crecí en mi ciudad natal, hice la primaria en la escuela Ramón Rosa y luego continué mis estudios secundarios. Fue en ese tramo de mi adolescencia, antes de los diecisiete años, donde mi vida estaba sumergida en una realidad muy lejana a la Iglesia.
No quiero ocultar nada, porque es importante que sepan que los sacerdotes no somos de otros planetas ni salimos de otra galaxia; somos seres humanos que Dios ha ido conduciendo. Mi vida era la de cualquier joven de mundo de aquel entonces. Me fascinaba ir a fiestas, salía frecuentemente con mis amigos, y sí, de vez en cuando nos tomábamos algunas cervezas. Llegué a tener novia y salíamos al baile. En esos ambientes, no faltaban las peleas con otros grupos; nos dejábamos llevar por el ego y el orgullo, buscando marcar nuestro espacio. El mundo con sus vicios y placeres yo lo viví. No me lo contaron, no lo aprendí en un libro de biología o historia; estuvo grabado en mi propia historia de vida.
El Barrio y la Bartolina
Recuerdo que mis amigos de aquel tiempo eran un grupo peculiar. Dios, dentro de todo, me protegió y no me llevó a los extremos más graves de la delincuencia, como las Maras, que en ese entonces estaban más en la capital, pero sí andaba con jóvenes que se drogaban, robaban y hacían daño. Nos reuníamos en la esquina del barrio o en discotecas. Mi vida estaba inmersa en esos ambientes de relajos y vicios.
Tengo una anécdota que me marcó. Una vez, estando en una fiesta, se armó una pelea campal entre grupos. Volaban sillas y botellas. De pronto, llegó la policía. Todos mis amigos, más astutos y mayores, se dispersaron rápido. Yo, que era de los más chicos y no tenía esa malicia, me quedé ahí, como asolapado, y me atraparon. Me llevaron a la Bartolina, a la cárcel, y pasé una noche encerrado. Los policías llamaron a mi papá para que pagara la multa. Mi papá, queriendo darme una lección, les dijo: «Ténganlo las 24 horas ahí para que aprenda». Fue mi tía quien, al ir a sacar a mi primo que andaba conmigo, pagó mi fianza y me sacó.
Esa experiencia me sirve hoy para comprender a tantos jóvenes que están en realidades fuertes; sé que sin una buena orientación y fortalecimiento, es fácil terminar mezclado en esas cosas. No me siento orgulloso de ese pasado, pero sí agradezco a Dios por haberme sacado de ahí.
El Sufrimiento de una Madre
En esa época de adolescencia, yo pensaba que mi vida sería andar en la calle divertiéndome, quizás hasta que fuera viejo. No medía las consecuencias. Hacía sufrir mucho a mi madre. Ella me decía, con desesperación e impotencia: «¿Dónde has aprendido eso? Nunca te hemos enseñado eso». Y era cierto, mis padres me habían dado buen testimonio. Pero influyen mucho las amistades, el «qué dirán» de los amigos si no te sumas al relajo.
Hoy, a la distancia, sé que esas lágrimas que vi verter a mi madre eran lágrimas de impotencia, pero también eran oraciones. Como una Santa Mónica, ella oraba por su hijo rebelde. Y estoy convencido de que Dios, en su infinita misericordia, fue obrando en mi vida en atención a esos ruegos y súplicas de mi madre. No podemos arrancar las páginas negras de nuestro pasado, porque son parte de nuestra historia de salvación. Así como la Biblia cuenta historias de hombres que hicieron cosas malas pero fueron transformados, yo hoy agradezco profundamente la misericordia de Dios que tuvo compasión de mí. Él me sacó de esos ambientes de calle, de vicios de mujer y de placeres superficiales, para llevarme a algo mucho más grande.
El Gancho y el Cambio
Mi vinculación con el grupo que cambiaría mi vida, la misión del Gran Río, ocurrió a los diecisiete años. Tenía unos amigos que vivían en un pueblito a una hora de la ciudad y venían para las reuniones de este grupo juvenil. Como era de noche y difícil regresar, no tenían dónde quedarse. Aunque mi casa no era grande, teníamos una sala amplia y unos colchones que sacábamos para que ellos durmieran allí los fines de semana.
La conexión real vino por el lado sentimental: estos amigos tenían unas primas, y yo estaba saliendo con una de ellas. La prima fue el gancho. Estos jóvenes me insistían: «Vamos al grupo, vamos a la reunión». Yo les decía que sí para salir del paso, pero cuando sabía que iban a llegar a la ciudad, me escapaba de la casa y me iba a la cancha a hacer deporte para no encontrarlos y que no me dijeran nada.
Finalmente, un joven llamado Matías insisted tanto que me convenció. Fui a la reunión. En ese entonces, mi apariencia era la de un vago: andaba con el pelo largo, un arito en la oreja, un cigarrillo, una gorra de lado y pantalones anchos. Cuando entró, los jóvenes más «correctos» y formales me quedaron viendo raro. Tiempo después, una de las coordinadoras me confesó que cuando me vio por primera vez, sintió miedo de mi presencia y mi manera de vestir. Pero fui, y aunque la primera vez no volví, a la tercera vez que regresé, sentí algo distinto: por aquí era.
El Encuentro con la Oración
Lo que me atrapó de este grupo juvenil no fue una imposición, sino el descubrimiento de una vida totalmente nueva. Yo buscaba reconocimiento en la calle, en la «joda», pero estos jóvenes apuntaban a una vida correcta, meditando la Palabra de Dios, leyendo la vida de los santos y el catecismo. Eran cosas que nunca había experimentado y me fueron gustando.
Me habituaron a una vida de oración. Todos los viernes nos reuníamos para la formación y para organizar las misiones en los pueblos. Y algo que me marcó fue que todos los sábados, a las seis de la mañana, íbamos a una capillita de oración perpetua que había abierto un sacerdote muy santo. Allí pasábamos tiempo en adoración, cantos y lecturas. Al inicio me costaba muchísimo levantarme temprano y estar en silencio ante el Santísimo, yo no era de esos hábitos, pero después le fui cogiendo gusto. Eso me mantuvo en el grupo y fortaleció mi vocación.
También participábamos de la Misa casi todos los días, no por obligación, sino porque sentíamos el deseo. El hábito de leer libros espirituales me ayudó a interiorizar la fe, algo que nunca había hecho en la escuela ni en el colegio.
La Misión y la Moto
Mi decisión definitiva de ingresar al seminario se dio a raíz de una experiencia misionera durante una Semana Santa en el año 2007. Fuimos un grupo de jóvenes a Guajiquiro, un municipio muy lejano y pobre de mi departamento, habitado por la etnia Lenca. Allí ayudábamos al padre Miguel, un misionero norteamericano que era un hombre flaco, austero y muy aguerrido en la misión. Él vivía en un cuartito muy sencillo y andaba en una mulita o en una moto para llegar a los pueblos.
Nosotros nos dividimos por los pueblitos para preparar a la gente, porque el padre Miguel llegaría el sábado para los bautismos. Un día, mientras esperábamos su llegada, lo vi venir a lo lejos en su moto por un camino muy feo y empinado. Vi cómo hacía un esfuerzo enorme y sacrificio para subir, afanado por llegar a su gente. De pronto, vi que la moto se le dio vuelta y el padre se cayó.
Ese momento me impactó profundamente: no la caída en sí, sino ver cómo un sacerdote exponía su vida y hacía tanto sacrificio por llevar los sacramentos. Allí, viendo ese ejemplo, me pregunté: «¿Y si Dios me llama a mí para el sacerdocio?». Esa experiencia me dio el empujón final. Hablé con el padre fundador de mi comunidad y, aunque en ese momento no podíamos ir a Argentina donde él estaba, me dijo: «Entra al seminario en Comayagua». Y así, con ese fuego en el corazón por la misión, ingresé al seminario para entregar mi vida a Dios.
Preguntas para la reflexión:
- Yo buscaba ser aceptado y reconocido en mi barrio haciendo cosas malas, porque me sentía con baja autoestima. ¿En qué lugares o grupos estás buscando hoy tu valor y reconocimiento, cuando Dios ya te dice que eres su hijo amado?
- Entré al grupo juvenil «ganchado» por la atracción hacia una chica, y Dios se valió de eso para cambiar mi vida. ¿De qué situaciones o personas cotidianas crees que Dios se está sirviendo hoy para acercarte más a Él?
- En la misión me impactó ver el sacrificio de un sacerdote para llevar los sacramentos a un pueblo pobre. ¿Valoras y aprovechas la Eucaristía y la Confesión que tienes a tu alcance, o te has acostumbrado a ellas sin reconocer el sacrificio que implican?
Oración por las vocaciones:
Señor Jesús, te damos gracias por el testimonio del Padre Elber Obed y por haberlo rescatado de las dificultades de la calle para convertirlo en tu misionero. Te pedimos que sigas llamando a muchos jóvenes, especialmente a aquellos que se sienten perdidos, con baja autoestima o atrapados en vicios, para que descubran en Ti su verdadera identidad y dignidad.
Bendice a las madres que oran y lloran por sus hijos rebeldes, y concede a tu Iglesia pastores aguerridos, austeros y dispuestos a sacrificar su vida por llevar tu Evangelio a los pueblos más olvidados.
Amén.
Mira el testimonio del P. Elber en nuestro canal oficial de VALIENTES TV:
También escucha en audio mp3 el testimonio del P. Elber, aquí:
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