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TESTIMONIO VOCACIONAL: LOS PLANES DE DIOS NO SON NUESTROS PLANES

De las Montañas de Guatemala al Servicio de la Juventud en el Callao

Las Raíces de la Montaña

¡Mis queridos amigos, qué alegría tan grande poder saludarlos! Que Dios y la Santísima Virgen les bendigan en cada momento de sus vidas. Me siento inmensamente feliz de compartir este espacio en Valientes TV con mi gran amigo y hermano en el sacerdocio, el Padre Walter. Les cuento que para mí este proyecto tiene un significado muy especial, porque nació a raíz de una prédica mía que el Padre Walter escuchó hace un tiempo; saber que el Señor se valió de mis pobres palabras para inspirar este canal me llena de humildad. Mi nombre es Pedro Antonio Lima y Lima. Aunque por mi apellido muchos piensen que soy peruano, la verdad es que provengo de un pueblo muy humilde, una aldea escondida en las montañas de Guatemala.

Crecí en el seno de una familia numerosa de origen campesino; somos ocho hermanos en total y a mí me tocó la enorme responsabilidad de ser el mayor de todos. En los pueblos alejados de mi patria la vida es sencilla pero dura. Desde niños crecemos trabajando en la agricultura, luchando día a día en el campo para ganarnos el sustento diario y sobrevivir. En mi casa nos dedicábamos a la crianza de ganado y caballos, y trabajábamos la tierra sembrando frijol, maíz y café, ya que la zona donde vivíamos es fuertemente cafetalera. Durante toda mi infancia y adolescencia, mi rutina consistía en pastar los animales, moverme de un lado a otro del campo y estudiar. En esos años jamás se me cruzó por la mente la idea de ser sacerdote; ni siquiera fui monaguillo ni acólito en mi parroquia. Mis metas eran netamente humanas pero muy claras: quería graduarme de maestro de escuela y, posteriormente, convertirme en abogado. La abogacía era un sueño que me apasionaba con locura.

Un Sueño Interrumpido

Al terminar la primaria, la precaria situación económica de mi pueblo me obligó a perder un año entero de estudios por falta de recursos. Sin embargo, no me rendí. A los 15 años tomé la difícil decisión de dejar mi aldea y trasladarme a la capital de Guatemala para estudiar la carrera de magisterio. Para ese entonces, seguía sin pensar en el seminario. Yo asistía a la iglesia y participaba de la Santa Misa, pero era el único católico practicante de mi hogar, pues en mi casa la fe se vivía «de cuadritos», es decir, de las puertas para adentro, sin compromiso eclesial. Logré graduarme con éxito y mi plan era establecerme en la capital para ejercer la docencia y, al mismo tiempo, ingresar a la universidad a estudiar derecho. Ya me había registrado e inscrito en la facultad cuando un acontecimiento familiar sacudió mi mundo: mi padre tomó la decisión de abandonar a mi madre y emigrar hacia los Estados Unidos.

Ese golpe cambió drásticamente mis planes. Siendo el hermano mayor de una familia tan numerosa y viendo que mi madre se quedaba sola al frente del hogar, entendí que no podía ser egoísta. Tuve que renunciar temporalmente a mis aspiraciones universitarias, colgar mi sueño de ser abogado y regresar a mi pueblito en la montaña para velar por el sustento de mis hermanos menores. Afortunadamente, Dios abrió las puertas y conseguí una plaza como maestro en una comunidad sumamente alejada. Mi rutina diaria era un verdadero sacrificio físico: me levantaba en la madrugada para salir a las cinco de la mañana caminando en medio de la montaña bajo el frío. Eran tres horas de caminata de ida para entrar a la escuela a las ocho. Salía a las doce y media del mediodía y caminaba otras tres horas de regreso, llegando a mi casa exhausto cerca de las tres de la tarde.

La Ofrenda en la Hora Santa

A pesar del desgaste diario de la docencia, mi vínculo con la Iglesia se fortaleció notablemente. Apenas regresaba de la escuela y almorzaba algo rápido, me iba directo a la parroquia. Allí trabajaba como secretario parroquial desde las tres y media de la tarde hasta las diez de la noche. Con el tiempo, asumí la coordinación del grupo juvenil, me integré al equipo de liturgia y formé parte activa del sistema de evangelización de las comunidades eclesiales de base. Vivía prácticamente metido en las cosas de Dios.

En medio de todo ese servicio, empezó a dar vueltas en mi cabeza una profunda reflexión. Me ponía a meditar en lo infinitamente generoso que Dios había sido con mi familia. Pensaba: «Aunque somos personas muy humildes y sin dinero, el Señor nunca nos ha dejado desamparados; siempre hemos tenido un techo donde dormir y comida en la mesa». Al mismo tiempo, me preguntaba qué le había devuelto mi familia a Dios en agradecimiento, y la dolorosa conclusión a la que llegué fue que le habíamos dado muy poco. Un jueves, durante una Hora Santa frente al Santísimo Sacramento, sintí un llamado irresistible en el pecho y le dije con total entrega: «Señor, yo quiero ser esa ofrenda que mi familia no supo darte». Ese mismo día busqué al sacerdote de mi parroquia para comunicarle que deseaba ingresar al seminario. Tenía veintiún años.

El Rechazo de un Padre

Al día siguiente de tomar la decisión, me armé de valor y hablé con mi madre. Ella me miró fijamente y, con la prudencia y sencillez de las mujeres de mi pueblo, me dio una respuesta que jamás olvidaré: «Yo no sé, hijo. Si eso es lo que vos querés, ahí mira vos». Esas palabras literales no representaban un sí rotundo ni un no destructivo, pero para mí funcionaron como un empujón definitivo que me obligó a madurar mi decisión. Presenté mi renuncia a la escuela, la cual no me aceptaron ni a la primera ni a la segunda vez, sino hasta el tercer intento. Finalmente, en el mes de enero, ingresé al noviciado de mi congregación, la Fraternidad Misionera de María.

Durante mi primera semana en el seminario, decidí llamar por teléfono a mi padre hasta los Estados Unidos para contarle la noticia. La reacción de mi papá fue devastadora. Me insultó de la A a la Z, descargando toda su furia contra mí porque consideraba que, al ser el hermano mayor, estaba cometiendo una traición. Él esperaba que yo me dedicara exclusivamente a trabajar para sacar adelante a mis hermanos y cuidar de mi madre. Sus últimas palabras antes de colgarme el teléfono me partieron el alma: «Olvídate de que tienes un papá, desde hoy ya no eres mi hijo». Entre lágrimas, le respondí que rezaría mucho por él, a lo que él contestó con una risa sarcástica: «Ojalá no te vayas a raspar mucho las rodillas rezando por mí». A partir de ese doloroso momento, la comunicación con mi padre se cortó por completo. Viví todos mis ocho y diez años de formación sacerdotal bajo un silencio absoluto y con cero apoyo de su parte. Me dolió profundamente, pero yo estaba plenamente seguro de lo que le había prometido al Señor.

El Crisol del Cáncer

Mientras avanzaba en el seminario, mi gran ilusión humana era imaginar el día de mi ordenación sacerdotal. Constantemente soñaba con ver a mi santa madre sentada en la primera banca del templo, sonriendo orgullosa al lado de mis hermanos menores. Sin embargo, la cruz se volvió a hacer presente en mi caminar. A mi madre le diagnosticaron un cáncer agresivo y, tras una dolorosa batalla, falleció dos años antes de que yo lograra convertirme en sacerdote.

Esa pérdida me colocó ante la encrucijada más terrible de mi vida vocacional. Me invadió la angustia y me preguntaba: «¿Qué hago ahora? Mi madre está muerta, mi padre sigue ausente en el extranjero y mis hermanos se han quedado completamente desamparados. El más pequeño de ellos tiene apenas cinco años. ¿Debo dejar el seminario, renunciar a todo y regresar a la montaña a criarlos?» Pasé los nueve días del novenario junto a mis hermanos en la aldea. Toda la gente del pueblo murmuraba y daba por hecho que yo abandonaría la vocación tras haber luchado tanto. En medio de esa oscuridad, un sacerdote sabio se me acercó y pronunció una frase que reconfiguró mi confianza: «Pedro, si tú te ocupas de las cosas de Dios, Dios se ocupará de las tuyas». Esas palabras me infundieron nuevas fuerzas. Ese sacerdote se convirtió en mi gran apoyo y en el padrino de mi ordenación, ayudando activamente a mi familia. Regresé al seminario confiando ciegamente en la Providencia, y mis dos hermanos mayores asumieron con una madurez admirable la crianza de los más pequeños, convirtiéndose en verdaderos referentes para ellos.

Un Milagro en la Primera Banca

Al culminar mis estudios de Filosofía y Teología, mi superior me destinó a la misión de Honduras. Regresé brevemente a Guatemala para ordenarme como diácono y volví de inmediato al territorio hondureño. En el año 2014, me comunicaron la feliz noticia de que sería ordenado sacerdote, pero la ceremonia se realizaría en Honduras. La situación era sumamente compleja para mí: mi madre ya no estaba en este mundo, mis hermanos se encontraban lejos y la ordenación sería en un país extranjero. Llamé a una de mis hermanas y le supliqué que hiciera el esfuerzo de viajar junto con mi cuñado, aunque fuera solo para alcanzarme los ornamentos sagrados en el altar. Para ese entonces, mi padre ya había retornado de Estados Unidos a Guatemala y vivía en una casa aparte.

Llegó el fin de semana de la ordenación, fijada para el 27 de septiembre, fiesta de San Vicente de Paúl. Mi hermana me había avisado que se habían organizado y que viajarían en dos buses llenos de familiares y conocidos desde Guatemala. Sin embargo, el día anterior por la tarde no llegaban. Dieron las diez y media de la noche y el retraso me obligó a irme a dormir sumamente agotado por los preparativos. A la mañana siguiente, me dirigí directo al templo sin poder ver a nadie de mi familia. Ya estábamos todos los sacerdotes revestidos y el obispo listo para iniciar la procesión de entrada, pero mi hermana y la gente no aparecían porque se les había hecho tarde en la ruta. En el último segundo, justo cuando la procesión comenzaba a avanzar, vi entrar los buses al recinto. Me quedé estupefacto al ver bajar del bus a mi propio padre, trayendo mis ornamentos sacerdotales firmemente sostenidos en sus manos.

Desde ese instante no pude contener el llanto; lloré copiosamente durante toda la Santa Misa. Mi sueño humano siempre fue tener a mi madre en esa banca, pero los planes de Dios eran infinitamente más hermosos. Aquel hombre que había sido el primer y más grande obstáculo en mi vocación, el que me había desconocido como hijo, estaba allí sentado en la primera banca sufriendo conmigo. Durante el rito, el obispo solicitó que los padres de los ordenados subieran al estrado alto para la investidura. Ver a mi padre subir con los ornamentos en las manos fue una de las experiencias más conmovedoras de mi vida. Hoy en día, si alguien va a mi pueblo y le pregunta a mi papá, él repite lleno de orgullo que tiene un hijo sacerdote. Dios se encargó de transformar ese corazón de piedra en un corazón de carne, demostrándome su inmensa misericordia.

La Adaptación del Misionero

El caminar de un sacerdote misionero implica grandes desafíos de adaptación e inculturación. Yo soy un hombre de montaña, acostumbrado al clima frío. Al ordenarme, mi primer destino en Honduras fue el Puerto de La Ceiba, un lugar costero con un calor terrible que alcanzaba los 39 grados. Adaptarme a esa cultura y a ese clima me costó cinco años de esfuerzo. Posteriormente, me trasladaron a Belice, un país caribeño marcado por un calor sofocante, donde no solo tuve que adaptarme a una nueva realidad cultural, sino también aprender un idioma totalmente diferente para poder evangelizar. Tras siete años en Belice, los planes de Dios me han traído ahora al pueblo peruano, una realidad completamente nueva. El primer golpe para un misionero es entender que uno debe integrarse al pueblo, adaptándose a su modo de ser, en lugar de pretender que la gente adopte las costumbres de uno.

Aquí en el Perú, mi experiencia ha sido un verdadero encuentro con Dios. Trabajo arduamente día a día. El obispo me confió primeramente la capellanía de un asilo donde residen sesenta ancianitos. Todos los días, de lunes a domingo, me levanto a las cinco de la mañana para celebrar la Santa Misa con ellos y las religiosas a las siete en punto. Asimismo, he recibido inmerecidamente los cargos de Vicario Episcopal de la Vida Consagrada y Vicario Episcopal de la Juventud. Con los jóvenes de la diócesis estamos asumiendo un reto bellísimo; ver cómo van saliendo a flote y descubriendo la realidad de Dios me llena de una alegría desbordante. A mis 43 años de edad y con 12 años de vida sacerdotal, sigo aprendiendo en este caminar. Mi mayor motivación para superar los obstáculos sigue intacta: convertir lo negativo en positivo y seguir dándolo todo al cien por ciento para devolverle a Dios, a través de mi entrega, un poquito de lo inmensamente bueno que ha sido conmigo y con mi familia.

Preguntas para la reflexión:

  1. Yo decidí ingresar al seminario al darme cuenta de que mi familia le había devuelto muy poco a Dios por todo lo recibido. ¿De qué manera concreta estás agradeciendo tú hoy al Señor por las bendiciones, el techo y el alimento que te regala diariamente?
  2. Cuando mi madre falleció, me invadió el miedo por el futuro de mis hermanos, pero un sacerdote me recordó que si me ocupaba de Dios, Él se ocuparía de los míos. ¿Te cuesta confiar tus preocupaciones familiares en las manos de la Providencia Divina?
  3. Mi padre fue mi principal detractor y terminó sosteniendo mis ornamentos en el altar. ¿Tienes en tu vida a alguien que critique tu fe o tus decisiones eclesiales, y a quien necesites encomendar en oración para que Dios transforme su corazón?

Oración por las vocaciones:

Señor Jesús, te damos gracias por el testimonio de fe, paciencia y espíritu misionero del Padre Pedro Antonio Lima. Te rogamos humildemente que sigas bendiciendo a la juventud del Callao y que envíes abundantes vocaciones sacerdotales y religiosas a tu Iglesia. Infunde en los jóvenes la valentía necesaria para romper con los miedos personales, los respetos humanos y las etiquetas de la sociedad. Concédeles una visión clara de futuro para que arriesguen sus vidas por proyectos eternos, y derrama tu gracia sobre las familias de los seminaristas, transformando cualquier oposición en un motivo de alabanza y orgullo por tu Reino. Amén.

Mira el testimonio del P. Lima en nuestro canal oficial de VALIENTES TV:

También escucha en audio mp3 el testimonio del P. Lima, aquí:

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