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MI ALEGRÍA NO ME LA ROBA NADIE

Mi Caminar Misionero desde Piura hasta el Altar del Callao

Seis Meses de Gracia

¡Qué gran alegría y bendición poder comunicarme con todos ustedes! Yo soy el padre Franklin Timaná y comparto este espacio con mi gran amigo, el Padre Walter, a quien conozco desde hace muchísimos años allá en mi querida Piura y con quien la Providencia me ha vuelto a reencontrar aquí, en el Callao.

El pasado 18 de diciembre de 2025 viví el día más importante de mi existencia: fui ordenado sacerdote por manos de nuestro obispo, Monseñor Luis Alberto Barrera Pacheco. Desde ese momento, mis manos huelen a crisma y mi corazón rebosa de gratitud. Actualmente me encuentro sirviendo como vicario en la parroquia Cristo Liberador, aquí en el Callao. Aunque apenas llevo seis meses en este ministerio y a veces me cruzo con hermanos que tienen veinte o veinticinco años de servicio, les puedo asegurar que en medio de las circunstancias y del ajetreo del día a día, estoy inmensamente feliz; nada me quita ni me roba la alegría de este llamado.

El Primer Dardo

Esta aventura vocacional tiene una raíz muy clara y, para ser sincero, el Padre Walter fue quien lanzó el primer dardo en mi corazón hace muchos años. Yo soy piurano de nacimiento y, aunque a veces trato de disimularlo, el orgullo de ser del norte me brota por los poros y se me sale el «chure». En el año 1999, cuando tenía unos diecisiete o dieciocho años, ingresé a mi parroquia de origen, San Martín de Porres en Piura, donde colaboraba como animador y catequista de niños. Por esos días, la parroquia era visitada por monjes franciscanos y sacerdotes de diversas congregaciones, lo que despertó en mí una primera inquietud vocacional; sin embargo, como todo joven de esa edad, preferí ignorar ese primer llamado y seguir con mis cosas.

Fue recién en el año 2002 cuando las cosas tomaron otro rumbo. Un amigo llamado Sergio me invitó a participar en los Círculos Vocacionales Redentoristas (CVR) que se dictaban en la parroquia San Sebastián. Éramos un grupo grande, como cuarenta jóvenes, y el Padre Walter nos recibía los fines de semana, motivándonos e invitándonos a discernir. Estuve muy cerca de esa espiritualidad e incluso fui «convocado» para ingresar con ellos, pero la inmadurez de la edad me hizo dudar. Me desanimé pensando que la vida consagrada no era para un chiquillo como yo, y decidí dar un paso al costado. Al despedirme, hablé con el Padre Walter y él me dejó una frase que se convirtió en una profecía para mi futuro: «Franklin, si la vocación viene de Dios, Él en su momento te volverá a llamar». No volví a olvidar esas palabras.

El Desierto y la Misión

Lejos de apartarme de la Iglesia, decidí volcar toda mi energía a la vida misionera como laico. Desde el año 2003 hasta el 2013, caminé activamente como misionero, recorriendo diferentes rincones del Perú y llevando el Evangelio a las zonas más necesitadas. Durante diez años pertenecí a la Asociación Peruana de Misioneros, y fue una etapa maravillosa que me enseñó el valor de la donación. Recuerdo con especial cariño las misiones en Villa María del Triunfo en Lima, y mis viajes a la selva profunda, donde conviví con comunidades nativas. Aprendí que al llegar a una misión, a veces hay un pequeño rechazo inicial porque la gente extraña a los misioneros anteriores, pero al ganarte su cariño con la palabra de Dios, al momento de partir lloran y te suplican que te quedes.

A pesar de la inmensa felicidad que me daba mi vida laical, mi corazón sentía que faltaba algo. Al internarme en los pueblos olvidados, veía cómo las personas tenían un hambre tremenda no solo de la palabra de Dios, sino de los sacramentos. Contemplaba con dolor cómo muchos ancianos y enfermos morían en los caseríos sin poder confesarse o sin recibir la unción de los enfermos porque no había un sacerdote cerca. Esa necesidad, en lugar de desanimarme, se convirtió en el motor que reactivó mi inquietud interior; entendí que el Señor me pedía dar un paso más allá para poder ofrecerles no solo un consejo, sino el Cuerpo de Cristo.

La Decisión Definitiva

El año 2013 marcó el punto de no retorno. Conocí al padre Dani Machado, un sacerdote del Callao que, al ver mi perfil, me invitó formalmente a discernir la vocación al sacerdocio diocesano. Para ese entonces yo ya tenía casi treinta y un años, y le puse reparos: «Padre, yo a esta edad, ¿para qué ya?» Pero él insistió y me acompañó en el proceso. Antes de cruzar la puerta del seminario, el 21 de febrero de 2014, el padre Dani me soltá una advertencia muy directa: «Yo te llevo al seminario, Franklin; de ahí en adelante no sé si te quedarás o te botarán, pero este ya es tu camino». Con esa bendición toqué las puertas del Seminario Corazón de Cristo en La Perla.

Mi paso por el seminario estuvo lleno de combates y de un profundo aprendizaje. Al ingresar éramos dieciocho jóvenes, pero con los años el grupo se fue reduciendo y yo mismo experimenté la tentación de ponerme en la fila de los que abandonaban, abrumado por el peso de mi vida pasada. Sin embargo, la transparencia con mis formadores y el acompañamiento de mi director espiritual me mantuvieron a flote. Una de las experiencias más hondas la viví durante mi etapa de misión en el santuario del Señor de Muruhuay, en Tarma. Ese lugar fue para mí un auténtico desierto espiritual; un espacio de soledad absoluta donde éramos solo el Señor y yo. Fue en ese memorial de Muruhuay donde junté las fuerzas para dejar atrás todas mis dudas y decirle un «sí» rotundo y definitivo a Dios. Así, me ordené diácono en el 2024, sirviendo cerca de nuestro obispo Luis Alberto, y finalmente alcancé el presbiterio.

El Crisol Familiar

No puedo hablar de mi vocación sin mirar mis raíces. Vengo de un hogar humilde pero inmensamente trabajador. Desde que tengo uso de razón, mi padre, que fue albañil y maestro constructor, y mi madre, que tiene el don de las artes culinarias en sus manos, trabajaron de sol a sol para que a mis hermanos y a mí nunca nos faltara nada. Somos una familia numerosa de diez hermanos (nueve aquí y uno en el cielo), y yo era, por decirlo de alguna manera, la oveja negra del grupo. Vivía inmerso en las dinámicas de mi barrio en Piura, un lugar muy peculiar llamado Chiclayito, donde abunda la calle y gusta mucho la chicha de jora. No quería saber nada de Dios ni de la Iglesia, y pensaba que mi vida se reduciría a estar con los amigos del barrio y divertirme hasta ser viejo. Por eso, el cambio total que dio mi vida fue un auténtico trampolín gigante.

La prueba más dura de mi formación llegó en el año 2021 con la inesperada partida de mi padre. Su muerte me desestabilizó por completo y estuve a punto de abandonarlo todo. Antes de entrar al seminario yo había estudiado la carrera de Educación en la Universidad Nacional de la Sapiencia y me iba muy bien económicamente; por eso, al ver a mi madre viuda, pensé que lo correcto era salirme, ponerme a trabajar como profesor y asegurar que ella tuviera una vejez feliz. Destrozado, acudí a mi director espiritual, el padre Giuseppe (el padre Betty). Él, con su firmeza italiana, me dio un consejo que salvó mi vocación: «Franklin, no olvides que Dios ama de manera especial a las viudas y a los huérfanos. A tu madre no la va a desamparar. Tienes más hermanos y ellos velarán por ella; tú sigue el camino que el Señor te ha trazado». Sus palabras se cumplieron al pie de la letra: mis hermanos cuidaron de mi madre y ella pudo viajar llena de orgullo y alegría para verme ordenar sacerdote.

Mi Mayor Entusiasmo

Hoy en día, lo que me llena de una nostalgia hermosa y de un entusiasmo desbordante es el servicio directo a mi pueblo a través de los sacramentos. Durante mis años de misionero laico y de diácono, la gente se me acercaba buscando el consuelo del perdón y yo tenía que decirles con pena que no podía confesarlos. Ahora, ver la cara de felicidad de la gente cuando me busca para recibir la absolución es un regalo impagable. Cada vez que alzo el Cuerpo y la Sangre de Cristo en la consagración, me estremezco al saber que me estoy configurando con el Señor para ser su instrumento vivo.

Me conmueve profundamente el cariño diario de la comunidad: la viejita que se acerca después de la misa y me entrega una monedita con amor, o los feligreses que vienen a buscar un consejo. Todo eso me da las fuerzas necesarias para seguir adelante en vez de retroceder ante las dificultades diarias de la parroquia. Además, en el seminario aprendí el valor del desprendimiento; yo tenía una carrera y bienes materiales, pero me enseñaron a educar el corazón para no tenerlo pegado a las cosas del mundo. Aprendí a escrutar las Escrituras y a interiorizar la palabra de Dios, que hoy es mi principal auxilio.

Confirmados en la Fe

El ambiente que se vive actualmente en nuestra diócesis es de muchísima expectativa y gozo. Recientemente hemos recibido la maravillosa noticia de que el Papa nos visitará el próximo mes de noviembre. Mis compañeros de ordenación y yo compartimos un entusiasmo enorme por este acontecimiento. Cuando ingresé al seminario en el 2014, pasé por las transiciones de Monseñor José Luis, Monseñor Robert Prevost y finalmente la toma de posesión de Monseñor Luis Alberto Barrera, por lo que no me había tocado vivir una experiencia de esta magnitud con la Iglesia universal.

Para mí, la llegada del Santo Padre tiene un significado espiritual muy profundo. Así como la visita de un obispo a una parroquia tiene la finalidad de confirmar a sus fieles, la llegada del Papa al Perú viene a animarnos, a renovar nuestra labor pastoral y a confirmarnos en la fe en medio de los retos actuales. Escuchar la noticia por la radio y las redes, y ver la alegría de toda la comunidad parroquial me llena de ganas de seguir trabajando. A todos los jóvenes que hoy albergan dudas en su corazón o que se están preguntando qué rumbo darle a sus vidas, les repito lo que yo mismo experimenté: no tengan miedo. Si sienten la inquietud, láncense a la piscina y naden junto al Señor; hagan su voluntad y les aseguro que encontrarán la verdadera felicidad.

Preguntas para la reflexión:

  1. Yo intenté ignorar el llamado de Dios por varios años y preferí quedarme en la comodidad de mi barrio en Chiclayito. ¿Qué excusas o miedos estás poniendo hoy para no escuchar lo que Dios te está pidiendo?
  2. Cuando falleció mi padre, pensé en dejarlo todo por un impulso humano, pero el consejo de mi director espiritual me sostuvo. ¿A qué personas sabias de la Iglesia acudes cuando tus emociones te tientan a abandonar tus compromisos de fe?
  3. Como misionero laico descubrí que la gente tenía un hambre tremenda de los sacramentos y del Cuerpo de Cristo. ¿Con qué frecuencia buscas y valoras la Confesión y la Eucaristía como el verdadero auxilio para tu vida?

Oración por las vocaciones:

Señor Jesús, te damos gracias por los primeros seis meses de ministerio del Padre Franklin Timaná y por la alegría que has puesto en su corazón para servir en el Callao. Te pedimos que sigas llamando a muchos jóvenes a la vida sacerdotal y misionera, dándoles la valentía de desprenderse de los bienes del mundo para abrazar tu Evangelio. Fortalece a quienes atraviesan el dolor del luto o las pruebas familiares, bendice a sus madres y haz que nuestras comunidades sean cunas donde los jóvenes se atrevan a lanzarse a caminar junto a Ti. Amén.

Mira el testimonio del P. Franklin en nuestro canal oficial de VALIENTES TV:

También escucha en audio mp3 el testimonio del P. Franklin, aquí:

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