Mi nombre es John Castro y soy de Guayaquil, Ecuador. Mi propia existencia es un milagro de Dios: nací prematuro, a los seis meses de gestación. Mi hermano gemelo falleció a las dos semanas de nacer y los médicos daban muy pocas esperanzas de que yo sobreviviera. Sin embargo, el Señor hizo su obra en mí, me permitió salir adelante y hoy, a mis 44 años, puedo compartir cómo transformó mi vida.
Durante mucho tiempo me dediqué a mis estudios y me gradué como comunicador social. Aunque siempre estuve cerca de la Iglesia, fue alrededor de los 24 años cuando empecé a colaborar más activamente en una parroquia franciscana. Al tratar con los frailes, me di cuenta de la enorme diversidad de comunidades religiosas y espiritualidades que existían en la Iglesia. Fue en ese ambiente donde me surgió una inquietud profunda y me pregunté: ¿por qué no ser consagrado?
Intenté responder a ese llamado en tres ocasiones diferentes, con intervalos de tres o cuatro años entre cada intento, pero por diversas circunstancias las puertas de los conventos o comunidades religiosas no se abrían. Llegué a pensar que la consagración simplemente no era mi camino. Fue entonces cuando llegó el año 2020 con la pandemia, trayendo consigo muchas dificultades familiares que nos tocaron vivir a todos. En medio de esa crisis, comencé a comprender lo que algunos sacerdotes ya intuían de mí, pero que yo mismo desconocía por completo: la opción de ser un laico consagrado o consagrado secular.
Para ser honesto, no sabía que existía esta opción vocacional para los varones. Guiado por un amigo sacerdote, hice mis promesas inicialmente de manera diocesana, pero me recomendaron buscar un instituto secular para no vivir esta vocación en soledad. Dios hizo la obra y encontré mi verdadero lugar: el Instituto Secular Misioneros Franciscanos de la Realeza de Cristo.
El Reto y la Belleza de la Vida Secular
Nuestra forma de vida en el instituto secular es particular: hacemos los votos de pobreza, castidad y obediencia, pero no vivimos en conventos ni vestimos hábitos religiosos. Cada uno vive en su propia casa con sus familiares y trabaja en su profesión u oficio ordinario. Estamos llamados a evangelizar desde la cotidianidad de la vida.
A veces me atrevo a decir que vivir los votos en el mundo es más difícil, pero al mismo tiempo exige una mayor entrega. Quienes están en un convento cuentan con el resguardo y la protección de su comunidad; nosotros, en cambio, estamos directamente expuestos a las tentaciones y dinámicas del mundo cotidiano en nuestros entornos laborales y sociales. Sin embargo, no usamos un hábito externo porque nuestro verdadero hábito debe ser nuestro testimonio y nuestras obras.
Actualmente me encuentro en mi proceso de formación y, además, tengo la bendición de colaborar como promotor vocacional para animar a otros hombres de entre 18 y 55 años a conocer este camino. He descubierto que nada es casualidad en los planes de Dios, sino «deocidencia». Él nos llama al camino exacto donde seremos plenamente felices, no con la felicidad efímera que ofrece el mundo, sino con la plenitud que Cristo nos regala.
Ser un Puente para los Demás
Vivir la consagración en medio del trabajo y la vida diaria nos permite ser un puente para muchas personas que andan como ovejas sin pastor. A veces, la gente siente un muro de respeto o timidez para acercarse a un sacerdote con sotana o cuello clerical. En cambio, al vernos como personas comunes en el trabajo, sienten la confianza de acercarse a conversar, a desahogarse o a buscar consuelo.
Nuestra misión no termina con los votos; dura toda la vida. Consiste en entregarnos cada día, dar testimonio con nuestro trato, nuestras palabras y acciones, y ser ese bálsamo de la cercanía de Dios en los ambientes donde los religiosos tradicionales no pueden llegar de forma ordinaria.
A los jóvenes y a quienes se están preguntando qué hacer con sus vidas, les invito a no tener miedo de buscar el silencio. Vivimos en un mundo lleno de ruido y distracciones que muchas veces usamos para tapar el miedo a que el Señor nos llame. No importa el pasado que hayas tenido; lo que verdaderamente cuenta es el camino que decidas emprender con Dios de aquí en adelante. Como decía un santo Papa: ¡no tengan miedo, abran las puertas a Cristo! Él no nos quita nada, lo da absolutamente todo.
Preguntas para la reflexión:
- Mi nacimiento fue un milagro médico y Dios tenía un plan para mí. ¿Te has detenido a pensar cuál es el propósito y la misión particular para la cual Dios te regaló la vida?
- Intenté tres veces ingresar a la vida religiosa tradicional y las puertas se cerraron antes de encontrar mi lugar en el instituto secular. ¿Cómo manejas las aparentes puertas cerradas o frustraciones en tus planes personales?
- En mi día a día no uso hábito, sino que mi testimonio diario en el trabajo es mi forma de predicar. ¿De qué manera estás reflejando el amor y los valores de Cristo a las personas con las que convives en tu escuela, universidad o trabajo?
Oración:
Señor Jesús, te damos gracias por la vida y el testimonio de John Castro, a quien sostuviste desde su nacimiento y llamaste a ser luz en medio de las realidades del mundo. Te pedimos que sigas bendiciendo a los institutos seculares y que despiertes en el corazón de muchos laicos el deseo de consagrarse a Ti desde sus trabajos y hogares, siendo reflejos de tu amor y portadores de tu paz en la vida ordinaria. Amén.
Mira el testimonio del Laico Consagrado John castro en nuestro canal oficial de VALIENTES TV:
También escucha en audio mp3 el testimonio del laico John Castro, aquí:
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