El Latido Chalaco: mi nombre es César Landa
¡Bienvenidos, amigos! Qué bendición poder sentarme a conversar y compartir con ustedes lo que el Señor ha hecho en mi vida. Yo soy un chalaco de pura cepa; vengo del Jirón Marcopolo con Áncash, de la cuadra cinco, en el corazón del Callao. Ese es el rincón exacto donde el Señor se encargó de mover y despertar mi vocación. Actualmente tengo la inmensa gracia de ser el párroco de la parroquia María Auxiliadora, aquí en nuestra amada diócesis del Callao. Llevo ya dos años de sacerdote, caminando hacia el tercero, y si algo quiero dejar claro desde el principio, es que esta historia no es un logro mío. Es la muestra de cómo Dios se mete en la vida de un joven normal y alegre para sacarlo de su comodidad y regalarle la verdadera felicidad.
Semillas de Familia
Mi inquietud vocacional empezó muy temprano, más o menos a los ocho años, justo cuando me preparaba para mi Primera Comunión. Sin embargo, la base fundamental de todo fue la transmisión de la fe que recibí en mi hogar. Me crié con mi padre, con mi santa madre y, de manera muy especial, con mis abuelos. Mis abuelos maternos, Graciela y Juan, junto con mi abuelita Blanca, fueron los que más influyeron en mí. Ellos me inculcaron el amor por la Eucaristía; me llevaban de la mano a la Santa Misa y me enseñaron a amar a Dios en lo cotidiano. Aunque ya partieron al encuentro del Padre, sus enseñanzas siguen vivas en cada paso que doy.
El momento definitivo de mi infancia ocurrió en la Iglesia Matriz, la Catedral del Callao, el día de mi Primera Comunión. La misa la celebró Monseñor Miguel Iriza Campos. Cuando lo vi entrar con la mitra puesta en la cabeza, me impactó por completo. Me quedé mirándolo y, con la inocencia propia de un niño de ocho años, me dije a mí mismo: «¡Oye, me muero, yo quiero ser como él, yo también quiero tener esa cosa en la cabeza!». Esa misma semana me integré al grupo de acólitos y allí empezó formalmente mi preparación, un camino que maduró paso a paso hasta el día de mi Confirmación, al terminar el quinto año de secundaria.
El Salto al Seminario
El día que me confirmaba, Monseñor Miguel Iriza lanzó una pregunta directa al grupo de jóvenes: «De aquí, ¿cuántos van a ir al seminario?». De inmediato nos pidió que nos pusiéramos de pie. Yo sentí un entusiasmo desbordante en el pecho, me levanté sin dudarlo y decidí ingresar al Seminario Corazón de Cristo. Empecé en el año de preparación, el «Pre», donde nos reuníamos más de noventa jóvenes entusiasmados. Fue un tiempo de fuerte discernimiento que culminó de una manera muy bella un 12 de diciembre, en la fiesta de la Virgen de Guadalupe, cuando se publicaron los resultados de los que ingresábamos formalmente: de los noventa, solo entramos doce jóvenes.
Con el paso de los meses, la convivencia y las exigencias del camino hicieron lo suyo; de esos doce iniciales nos quedamos solo ocho. Si les soy completamente sincero, yo nunca pensé que iba a culminar la formación y llegar a ordenarme. Cada año significaba para mí un empezar de nuevo. Vivía con la constante incertidumbre de que en cualquier momento me dirían que no iba más, y repetía para mis adentros: «Bueno, el próximo año de seguro me cambian o me voy a mi casa». Con ese pensamiento en mente pasé primero, segundo, tercero, cuarto de filosofía, luego vino la teología, y miren cómo es la fidelidad de Dios, que a pesar de mis dudas, aquí me tienen.
Un Joven Normal
Cuando le comuniqué a mis amigos y a mi entorno que me iba al seminario, la sorpresa fue total. Nadie se lo podía creer. Quienes me conocen de verdad saben perfectamente cuál es mi peculiaridad: soy un joven extremadamente alegre, bromista y cercano. Por eso, mis amigos del colegio me decían: «Nunca imaginamos que un amigo nuestro, con el que compartíamos tantas cosas, terminaría siendo cura». Yo no pretendo gloria para mí ni ando diciendo que soy impecable. Sufro, paso por crisis y tengo tribulaciones interiores como cualquier ser humano, pero la alegría que muestro no es fingida; es un regalo que el Señor me concede para sobrellevar los momentos difíciles.
A veces los chicos piensan que para ser seminarista o sacerdote hay que ser un ser puro, casto e inmaculado desde que te levantas a las tres de la mañana, y que la vida del mundo no es para ti. Eso es un error. Yo he sido un joven común. Me enamoré, tuve mi enamorada y experimenté el amor humano y el afecto de tener una pareja, lo cual no tiene nada de malo porque nos ayuda a madurar y a comprender nuestros propios afectos. Es más, mis planes de futuro apuntaban a estudiar Ingeniería Civil, construir casas, levantar edificios grandes, casarme y tener mis propios hijos. Pero descubrí que los caminos del Señor van por otra ruta; Él se encargó de reconfigurar mis afectos y me mostró un amor verdadero que está por encima de todo.
El Crisol del Estudio
La vida comunitaria en el seminario es exigente y muy humana. Mi primer gran dolor de cabeza, mi verdadera cruz, fueron los estudios de Filosofía. ¡Madre mía, cómo me costó esa primera etapa! Sentía el peso intelectual y me costaba adaptarme, pero el Señor nunca me dejó solo y puso a mi lado a mis formadores y a los hermanos de mi promoción para darme una mano y empujarme hacia adelante. Cuando pasé a la Teología, las cosas cambiaron por completo y el camino se me hizo mucho más ligero y apasionante. Entrar en la Teología es dejar que Dios actúe a través de la Sagrada Escritura, el Magisterio y el Catecismo. Es un mundo hermoso donde vas contemplando cómo el Señor se revela progresivamente al ser humano.
Nuestra rutina diaria echaba por tierra el mito de que en el seminario solo se reza. Llevamos estudios fuertes con rango universitario. Nos levantábamos a las seis de la mañana con el toque de la campana; teníamos treinta minutos exactos para bañarnos y asearnos en nuestras habitaciones. A las seis y media en punto iniciábamos la Santa Misa, luego tomábamos el desayuno y hacíamos una limpieza rápida y organizada de la casa. A las ocho y diez subíamos a las combis rumbo a la Facultad en La Punta, donde estudiábamos desde las ocho y media hasta las doce y cuarenta y cinco. Al salir, rezábamos la hora intermedia en la parroquia local y regresábamos al seminario a almorzar. Las tardes eran como las de cualquier joven: estudiábamos, descansábamos y hacíamos deporte todos los días, jugando partidos intensos porque somos hombres llenos de energía. Obviamente discutíamos, nos peleábamos y había tensiones, pero lo valioso era la comunión: saber pedir perdón de corazón, reconocer las faltas y empezar de nuevo.
El Reto del Encierro
La prueba de convivencia más grande nos llegó con la pandemia de la COVID-19, que nos tocó vivir encerrados dentro del seminario. En un año normal, el salir a la facultad en La Punta te despeja la mente y te refresca el día. Pero pasar un año entero mirándonos las caras las veinticuatro horas del día, sin poder cruzar la puerta de la calle, nos puso a todos en crisis. Tuvimos que adaptarnos de formas muy curiosas: jugábamos nuestros partidos de fútbol en absoluto silencio. Nadie gritaba, jugábamos mudos, y cuando metíamos un gol, lo celebrábamos alzando los puños y saltando en silencio para respetar las normas.
A pesar del encierro masivo, durante todo ese año de pandemia nadie dentro de la casa se contagió. Ahí vi la mano del Señor cuidándonos. Además, ese tiempo nos obligó a mirarnos hacia adentro, a conocernos de verdad, a sacar a la luz los juicios, los prejuicios y lo que realmente guardábamos en el corazón. En medio de esas crisis y de tantas limitaciones humanas, experimenté con certeza que el seminario no es un lugar para extraterrestres ni está ubicado en Marte. Es una escuela para jóvenes humanos que deciden poner su vitalidad, su fuerza, su oración y su trabajo al servicio de Dios.
El Día Más Feliz
Mi ordenación sacerdotal ha sido, sin dudarlo, el día más feliz de toda mi existencia. Fue el momento de postrarme en tierra y decirle al Señor: «Aquí estoy, con mis miedos a malograrla, pero confiando en Ti». Me ordené en un marco impresionante: en el estadio de Ventanilla, rodeado de una multitud de personas. Estaba tan nervioso que me dio un dolor de estómago tremendo antes de empezar; sudaba y transpiraba de la ansiedad, pero el Señor me concedió un regalo bellísimo. Yo soy muy devoto y pertenezco a la Hermandad del Señor del Mar y de la Virgen del Carmen. Siempre le había pedido al Señor que ambas imágenes estuvieran presentes el día que me hiciera sacerdote, y de manera providencial, ese día las dos imágenes presidieron mi ordenación. Verlos allí disolvió mis temores y me llenó de una profunda emoción.
Estos dos años y medio de ministerio los he disfrutado al máximo. He pasado por la Iglesia Matriz, por San Pedro y por San Pío X. Luego, un 28 de julio, en la fiesta de Nuestra Señora de la Paz, me nombraron párroco de María Auxiliadora. Esto tiene un significado enorme para mí, porque la Virgen María ha sido mi pilar. Yo perdí a mi madre a los dieciocho años, y en ese momento de dolor, un sacerdote me dijo unas palabras que se me grabaron a fuego: «Hoy María entra a tu vida y ella es la que te va a guiar». Mi abuelita Blanca, que falleció hace cuatro años, también me dejó esa profunda cercanía mariana. Por eso, todo lo que se hace en mi parroquia se lo pongo en las manos a Ella. Le digo: «Madre, quiero esto para tus hijos», y soy testigo de cómo ella me lo concede y me dice: «Toma, hijo». Aunque termine con cansancio físico y mental, ver a mi pueblo vivir su fe y alimentarse de los sacramentos es lo que me anima a seguir adelante todos los días.
Mi Mensaje Final
Si tuviera que dejarles un consejo a todos los jóvenes que hoy se están preguntando qué hacer con sus vidas o si sienten que Dios los está llamando al sacerdocio o a la vida consagrada, les diría las palabras de San Juan Pablo II que marcaron mi propio ingreso al seminario: «¡Jóvenes, no tengan miedo, porque Cristo no quita nada y lo da todo!» Es una verdad absoluta. El Señor no te quita tu alegría, tu juventud ni tu esencia; al contrario, te las multiplica con bendiciones.
No le tengan miedo al llamado. Tírense a la piscina sin dudarlo y láncense a nadar junto con el Señor, porque se sorprenderán de las obras inmensas que Él es capaz de realizar. Yo provengo del Jirón Marcopolo, de una zona del Callao donde la gente a veces mira con prejuicio y se pregunta si algo bueno puede salir de allá. Y yo hoy les puedo decir con orgullo que sí. El Señor transforma los corazones, regenera las vidas y cambia las realidades de la gente. Si tienen dudas, dejen el temor de lado, busquen hacer la voluntad de Dios y les aseguro que serán los hombres y mujeres más felices de toda la humanidad. ¡Un abrazo fuerte y que Dios los bendiga siempre!
Preguntas para la reflexión:
- Yo descubrí mi vocación gracias a la fe sencilla de mis abuelos y a los momentos cotidianos en mi parroquia. ¿De qué manera estás cuidando y escuchando la fe que te transmitieron en tu hogar?
- En mi camino tuve muchas dudas, miedos a fallar y dificultades con los estudios, pero aprendí a apoyarme en mis formadores y amigos. ¿En qué personas te apoyas tú cuando experimentas debilidades o crisis en tu vida diaria?
- Siempre quise ser ingeniero y formar una familia, pero dejé que Dios cambiara mis planes para hacerme plenamente feliz. ¿Qué planes personales te cuesta hoy poner en las manos de Dios para que Él haga su voluntad?
Oración por las vocaciones:
Señor Jesús, te damos gracias por la alegría y el testimonio de entrega del Padre César Landa en el Callao. Te pedimos con el corazón que sigas llamando a muchos jóvenes a la vida sacerdotal y religiosa, recordándoles que tú no quitas nada y lo das todo con generosidad. Aleja de ellos el miedo al fracaso, bendice a sus familias para que sean transmisoras de una fe viva y concédenos pastores humildes, perfeccionistas en el amor y dispuestos a desgastar su vida con alegría por tu pueblo. Amén.
Mira el testimonio del P. Landa en nuestro canal oficial de VALIENTES TV:
También escucha en audio mp3 el testimonio del P. Landa, aquí:
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