Mi Aventura de Fe hacia el Sacerdocio
El Reencuentro
Las rutas de la evangelización suelen ser misteriosas, pero siempre terminan por trenzar los hilos de quienes compartimos un mismo latido por el Reino de Dios. Mi reencuentro y diálogo con mi buen amigo, el Padre Walter, no fue una simple entrevista; para mí significó poner en común el testimonio vivo de una resistencia espiritual que se ha fraguado en el crisol de la prueba, las puertas cerradas y la divina providencia.
Yo soy Felipe Alejandro Urrego Acha, un joven natural de la calurosa ciudad de Piura. Transitó gran parte de mi andadura inicial en la diócesis de Chulucanas y hoy, tras culminar mis estudios teológicos, sirvo con alegría en la diócesis de Huacho, específicamente en la parroquia San Ildefonso de Barranca. Al mirar atrás, me queda claro que cuando Dios llama, nos persigue con amor hasta conseguir nuestro «sí».
Raíces de Fe
Mi historia no comienza con mis propias decisiones, sino con la fe inquebrantable de mi madre. Ser madre no fue una tarea biológicamente sencilla para ella; las dificultades médicas la empujaron a someterse a tratamientos complejos y extenuantes. En medio de esa vulnerabilidad, su piedad se aferró al Señor Cautivo de Ayabaca, ante quien se postró para sellar una promesa: «Dios mío, dame un niño… quiero un hijo por medio de esta fe grande que tengo».
El Señor escuchó su petición y yo nací en agosto de 1997. Por eso, cuando a la temprana edad de cinco años le balbuceé mis primeros deseos de ser sacerdote, mi madre no se asombró. Al contrario, ella guardaba el secreto de mi nacimiento: «Yo desde que tú naciste, te ofrecí al Señor».
Mi hogar fue mi primera escuela de fe. Siempre recalco que las vocaciones nacen y se sostienen en el seno de familias católicas practicantes, donde los padres son el primer reflejo de Dios. El ritmo de nuestros domingos estaba pautado por la Santa Misa en Piura, un espacio innegociable a pesar de las complejidades del trabajo de mi padre como abogado del Poder Judicial, o de mi madre como microempresaria independiente.
De niño, magnéticamente atraído por el misterio, subía las gradas del presbiterio, me sentaba en el suelo y clavaba mi mirada en el sacerdote. Aquel deseo infantil no era un juego pasajero, sino el inicio de mi destino.
Primeros Pasos
Mi niñez transcurrió ayudando a mi madre en sus puestitos del mercado desde muy pequeño, y sirviendo como acólito en la parroquia Santa Rosa y en la capilla Señor Cautivo de Santa Julia. Allí conocí a un sacerdote providencial: el Padre Ventura More Calle, quien se convirtió en el gran impulsor de mi vocación.
El escenario de mi maduración se trasladó a la sierra de Piura, adonde mis padres siempre nos llevaban para las solemnidades religiosas. A los once años, le pedí al Padre Ventura que me dejara acompañarle a celebrar la misa en las comunidades más alejadas, venciendo los lógicos temores de mis papás frente a los escándalos que sonaban en aquella época.
El punto de inflexión ocurrió al terminar la secundaria. Deseoso de internarme más tiempo en la misión durante mis vacaciones, cogí el celular a escondidas y llamé al sacerdote: «Padre, tengo días libres, no me dejan ir, yo quiero ir, háblele usted a mi mamá y a mi papá».
El gran aprecio que le tenían disolvió la negativa y partí entre lágrimas por la primera separación de mi madre. Esos días en los Andes piuranos sellaron mi discernimiento: ver cómo rezaba el párroco, cómo se conectaba con la gente y su unción al bendecir los alimentos me demostraron que el sacerdocio era una vida hermosa. Con esa certeza, él mismo me dio la carta de recomendación para ingresar al seminario.
La Opción por Chulucanas
En el año 2014 ingresé formalmente al Seminario de la Diócesis de Chulucanas. Esta decisión desató tensiones en mi entorno; tengo un primo sacerdote en Sullana que, junto a otras autoridades, intentó convencerme de quedarme en Piura, argumentando que la formación allí era mejor y que debía servir a mi propia iglesia local.
Participé en sus academias vocacionales de los domingos en el Seminario San Juan María Vianney, pero en mi interior resonaba un imperativo: «Nadie es profeta en su tierra». Yo sentía que el Señor me llamaba a entregar mi juventud en la sierra del Alto Piura, donde los sacerdotes hacían tanta falta.
Al ingresar, me recibió el Padre Santos Rosendo Cruz Piñín, rector del seminario, cuya hospitalidad me marcó profundamente. Asimismo, la figura de Monseñor Daniel Turley, nuestro obispo, dejó una huella indeleble en mí por su sencillez desarmante para abrazar y caminar con los campesinos.
Mi año de Propedéutico fue un baño de realidad: éramos solo cinco ingresantes (de los cuales terminamos tres) y tuvimos que hacer la formación en la ciudad de Chulucanas por cuestiones de presupuesto. Académicamente no me costó concentrarme, pero el verdadero desafío fue someter mi voluntad al régimen comunitario y aprender a formarme como Dios quería, no a mi propio estilo.
El Crisol de la Misión
Superado el Propedéutico, cursé los tres años de Filosofía entre 2015 y 2017, un proceso donde el Padre Santos Rosendo volvió a ser un gran apoyo. Cuando el cansancio me tentaba a tirar la toalla, mis padres se volvieron mi baluarte. Mi papá, que inicialmente pensaba que en el seminario solo perdíamos el tiempo leyendo vidas de santos, comprendió la profundidad de nuestra formación humana, intelectual y espiritual. Al ver mi transformación, se convirtió en uno de los que más me apoyaba y estaba al pendiente de mí.
En 2018, Monseñor Daniel me envió a hacer mi año pastoral a Montero, Ayabaca, trabajando con el Padre Luis Amaro, el Padre Juan Mondragón y las madres. Fue mi primer contacto amplio con la vida parroquial y una bendición, pues Montero engloba a Sícchez, la tierra de mis abuelos.
Allí choqué de frente con la pobreza extrema y me pregunté qué podíamos hacer como Iglesia. Gracias al nexo del Padre Walter con la señora Dalia Fernández del Club de Leones, organicé chocolatadas y llevé ayuda y sonrisas a los caseríos más profundos en Navidad.
Sin embargo, la experiencia que transformó mi teología pastoral fue atender a los peregrinos que caminaban hacia el santuario del Señor Cautivo de Ayabaca. Con el respaldo de nuestro rector, el Padre Edipo Aúcares, instalamos puestos de ayuda.
Atender el sufrimiento cara a cara, curar sus heridas y pies cortados, y escuchar las duras cruces existenciales que cargaban para ofrecerle su sacrificio al Cautivo me marcó profundamente. Salí de ese año bendecido y convencido de mi camino.
La Prueba del Silencio
El año 2019 marcó el inicio de mis estudios de Teología; fue un año excelente, pero al final me aguardaba la prueba más amarga de mi vida. En diciembre, mientras planificaba feliz otra chocolatada, los formadores me notificaron que el obispo quería hablar conmigo a solas. Tras horas de angustiosa espera, Monseñor Daniel me recibió a las siete y media de la noche en el obispado.
Me leyó mi informe, destacando mis virtudes, pero soltó un «pero» fulminante: el equipo de formadores pedía que descansara todo el 2020 para madurar. Me acusaban de sufrir de «mamitis», de presumir tener dinero y de conductas machistas u homofóbicas; acusaciones falsas que me dolieron en el alma.
Aunque no aceptaba los argumentos, me resigné por obediencia. Mi padre, con su visión de abogado, se entrevistó con el obispo para aclarar los términos de ese «año sabático» forzado que no cuadraba, pero al final me dio un consejo que fue mi brújula: «Hijo, si es la voluntad de Dios, hay que afrontarla… hay que dejarlo en manos de Dios».
En marzo de 2020 se desató la pandemia de la COVID-19. Me replegué al campo, en la parcela de mi familia en Sullana, cuidando a mis abuelitos, viendo las plantas y los animales. Mientras mi madre continuaba viajando a Piura para sostener su negocio, yo estudiaba inglés y francés de forma virtual. Fueron meses de silencio y purificación fecunda.
En octubre escribí a Monseñor Daniel; me recibió con alegría en su casa, constató que había cumplido con todo lo pedido y me confirmó que volvería al seminario para el 2021. Para apoyar en la escasez de la pandemia, mi familia y yo seguíamos llevando donaciones de papa, fideos y pescado al seminario. La tormenta parecía haber pasado.
Puertas Cerradas
A finales de octubre de 2020 se notificó que Monseñor Daniel dejaba la diócesis y asumía un nuevo obispo, Monseñor Cristóbal Mejía. Por respetar el orden, le consulté al nuevo rector si debía asistir a la ordenación del nuevo obispo a la que Monseñor Daniel me había invitado, y me dijo que no por la aglomeración de la pandemia; un consejo que hoy lamento haber escuchado.
Luego saqué una cita con el nuevo obispo y él me hizo una pregunta determinante: «Y si yo te mandara de misión a Piura, ¿tú irías?». Yo respondí: «Claro, por obediencia y respeto a mi obispo, donde él me mande». Mi respuesta no le gustó. En diciembre, los formadores me notificaron que no sería recibido y que debía abandonar la diócesis.
Fue un golpe devastador e injusto que me causó mucha cólera. Presenté una carta de reconsideración motivado por Monseñor Daniel, pero en febrero de 2021 me dieron la negativa definitiva: «Tú no puedes seguir aquí… aquí ya no te podemos recibir».
Regresé a Piura con el alma rota, me dediqué a terminar mis estudios de inglés en la Universidad de Piura y, en mayo de ese año, el desánimo me ganó: le comuniqué a mi madre que renunciaba a la vocación, que me matricularía en una academia y postularía a Derecho. La página parecía cerrarse con frustración.
Un Nuevo Rumbo
Pero Dios no deja sus obras a medias. A finales de mayo de 2021, acompañando a mi madre a Suyo por sus productos, visitamos al Padre Dolores Castillo, un sacerdote maravilloso que se entristeció con mi situación: «No considero que sea justa esta decisión», me dijo. Y de inmediato me habló del Padre Renelmo Calle López, quien trabajaba en la prelatura de Huamachuco.
Le advertí a mi madre en el viaje de regreso: «Si Dios me habla por aquí, lo intento; si me dice que no, lo dejamos». Lo llamé esa tarde, pero me cortó rápido porque él buscaba un profesor de religión urgente y yo me negué. «¿Ya ves, mamá? Dios me dice que no», pensé.
Tres días después, mientras parchaba la llanta de mi moto en Piura, el Padre Renelmo me devolvió la llamada: «¡Chacumpita! Anímese de profesor». Me explicó que en la sierra de Pataz querían poner a un Testigo de Jehová a dictar Religión y él quería evitar esa contradicción. Me ofreció recibirme y hablar con el obispo de la prelatura si yo le apoyaba como docente. Acepté.
Reuní mis documentos y emprendí un viaje maratónico; el carro se malogró, pero llegué a Trujillo a las seis de la mañana y salí directo a Huamachuco, presentando los papeles en la ODEC una hora antes del cierre. En octubre de 2021 me interné en la remota sierra de Pataz. El Padre Renelmo, que había vivido incomprensiones similares en Chulucanas, me acogió como a un hermano. Desgasté mis zapatos enseñando en colegios, reactivando la catequesis y animando a los jóvenes en caseríos olvidados como Sarabamba.
Al terminar el año, el obispo local mostró reticencias para admitirme como seminarista y la depresión me amenazó de nuevo, pero el Padre Renelmo me sostuvo: «No te preocupes, amigo… vamos a encontrar a alguien que confíe en nosotros». El nexo llegó a través del Padre Agustín Díaz, quien me recomendó con la Diócesis de Huacho.
Tierra de Acogida
El contacto final fue con el Padre Edinson Zamora, quien planteó mi caso ante el obispo de Huacho, Monseñor Antonio Santarsiero Rosa. El obispo quiso conocerme y me propuso pasar todo el 2022 sirviendo en una parroquia mientras solicitaban mis informes canónicos a Chulucanas. Fui enviado a Chancay, un pueblo de una fe espectacular y cuya Semana Santa es patrimonio inmaterial. Allí me integré con dinamismo a los grupos y retiros, mientras Monseñor Antonio mantenía un seguimiento cercano y paternal conmigo.
Al acabar el año, el Seminario de Chulucanas se negó a enviar mis informes. Ante ese vacío, Monseñor Antonio optó por la confianza basada en el testimonio de sacerdotes intachables que salieron en mi defensa: el Padre Ventura Morecalle, el Padre Santos Rosendo (hoy doctor en Teología) y el Padre Francisco Córdoba enviaron cartas firmes respaldando mi conducta. Al ver este apoyo del clero maduro, Monseñor Santarsiero confió en mí y me abrió formalmente las puertas de la Teología.
La Cosecha
En 2023 me incorporé al Seminario de Huacho para cursar segundo, tercero y cuarto de Teología. Valoro inmensamente la exigencia académica de esta diócesis, donde nos preparamos para el examen de Bachillerato Pontificio evaluado por el Ateneo Regina Apostolorum de Roma. Monseñor Antonio ha sido como un padre para mí, un pastor que se preocupa de corazón por las vocaciones.
En 2024 viví una reparación histórica: le propuse movilizarlo en auto hacia Chulucanas por sus 60 años y viajamos juntos. Regresé a mi antigua tierra con la frente en alto, saludando a todos con orgullo; si hubiera hecho algo malo habría ido con los nervios en punta, pero fui representando a mi diócesis de Huacho con una alegría inmensa.
La confianza de mis superiores se tradujo en responsabilidades: el año pasado me pidieron apoyar como formador interno en el Seminario Menor y este año 2025, tras recibir la Admisión Solemne a las Órdenes Sagradas, fui destinado a la Parroquia San Ildefonso de Barranca para trabajar en la Pastoral Vocacional.
Mi mensaje para los jóvenes es directo: confíen en lo que Dios les ofrece en cada circunstancia, porque si Él los llama, los persigue con amor hasta que los consigue. No tengan miedo al qué dirán ni al barro que les puedan aventar; las dificultades son la cruz necesaria que autentica las obras de Dios. Las puertas de mi ordenación están ya a la vista, confirmando que cuando una puerta se cierra en la tierra, la Providencia se encarga de abrir otra más hermosa.
Preguntas para la reflexión:
- Descubrí mi llamado gracias a la fe de mis padres y el testimonio de sacerdotes cercanos. ¿Cómo influye el ejemplo de los demás en tu propia respuesta a Dios?
- Ante las injusticias y las puertas cerradas, elegí perseverar con humildad en el servicio. ¿Cómo reaccionas cuando tus planes se caen o experimentas incomprensión?
- Mi historia demuestra que Dios te persigue con amor hasta que te consigue. ¿En qué aspectos de tu vida diaria sientes que Él te está pidiendo un «sí» más generoso?
Oración por las vocaciones:
Señor Jesús, te damos gracias por sostener mi fidelidad y guiar mis pasos en medio de las pruebas del camino. Te pedimos que sigas llamando a muchos jóvenes a tu servicio, dándoles un corazón valiente para superar los miedos y los obstáculos del mundo. Conbáteles el desánimo, bendice a sus familias para que sean cunas de fe y danos pastores santos, capaces de caminar con alegría junto a tu pueblo. Amén.
Mira el testimonio de Felipe en nuestro canal oficial de VALIENTES TV:
También escucha en audio mp3 el testimonio de Felipe, aquí:
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