Cuando la gente habla de la vocación o del seminario, a veces se imagina un camino diseñado solo para seres perfectos o personajes sacados de una pintura antigua. Pero mi historia no es así. Soy un joven de carne y hueso, con dudas, miedos y pasiones, que un buen día decidió escuchar un susurro en el corazón y lanzarse a la aventura más grande de su vida. Me llamo Fabián Ricardo Rosado Nolasco, soy de la calurosa Piura y esta es la historia de cómo decidí decirle un «sí» rotundo y valiente a Cristo.
Todo comenzó en el norte, bajo el amparo de mi parroquia, San Pedro y San Pablo de los Algarrobos. Dios me fue preparando el terreno desde que era un niño. Por situaciones de la vida y la economía familiar de ese momento, pasé mis primeros ocho años viviendo con mi abuela. Ella, con esa fe silenciosa y constante, me llevaba siempre a misa, a la hora santa y a rezar el rosario. Para ser sincero, en ese tiempo yo hacía bulla o pataletas y no comprendía nada de lo que pasaba, pero hoy sé que todo eso me marcó en el interior. Esas pequeñas semillas plantadas en mi hogar fueron el cimiento de todo.
Al crecer, regresé a vivir con mis padres y me integré al Círculo Vocacional Redentorista (CBR) en Piura. El círculo no era un lugar aburrido de encierro; combinaba la formación con nuestro lado más humano: salidas, paseos y misiones. A la par, mi vida era exactamente igual a la de cualquier otro adolescente. Me gustaba salir con mis amigos, disfrutaba del colegio y, por supuesto, tenía una chica que me encantaba. Durante toda la secundaria compartí con ella risas, caminatas y la clásica «chacota» juvenil.
Sé que a veces muchos chicos piensan que para entrar al seminario uno tiene que ser puro, casto, santo e inmaculado, y ven el hecho de que les guste alguien como una barrera para responder a Dios. A mí me pasó. Estar enamorado y sentir el llamado supuso un verdadero dilema en mi corazón. En medio de esa encrucijada, me dieron dos consejos clave: recurrir a la oración sincera y buscar la dirección espiritual. Así entendí que tanto el amor humano como la vocación comparten la misma esencia: son una entrega que exige valentía y sacrificios.
La vida pronto me puso a prueba. Al iniciar mi quinto año de secundaria, mis padres se separaron y tuve que mudarme a Lima. Lejos de mi tierra y adaptándome a la gran capital, el eco de mi vocación siguió encendido a través de misiones y encuentros virtuales. Las convivencias vocacionales terminaron por conquistarme. Recuerdo que para mí eso era la felicidad absoluta: me sentía bien ahí, no mi costaba hacer oración, no me costaba hacer amigos ni estar sirviendo. Fue ahí cuando decidí dar el paso definitivo.
Ingresé a la comunidad en el año 2017, justo cuando Piura sufrió los estragos del fenómeno de El Niño. La adaptación no fue un camino de rosas. A la semana de haber entrado al seminario, caí gravemente enfermo de dengue. Solo, con fiebre alta y extrañando la comodidad de mi hogar, la tentación de tirar la toalla llamó a mi puerta y decidí salir y regresar a Piura para que mis papás me cuidaran. Pero en el silencio de mi recuperación, sentí una voz interior que me cuestionaba: «¿Por qué eres cobarde? ¿Por qué huyes? Si es una pequeña prueba nada más». Escribí una carta pidiendo regresar, sané y volví al seminario con más fuerza.
Más adelante, en plena pandemia del 2020, mi discernimiento continuó y Dios reorientó mis pasos hacia la vida diocesana en Chimbote, terminando mis estudios teológicos en el seminario de Chiclayo. Allí descubrí que la vida del seminarista es exigente, requiere quemarse las pestañas estudiando y aprender a convivir con hermanos de la costa, la sierra y la selva, enriqueciéndonos mutuamente.
Incluso tuve la oportunidad de conocer de cerca al Monseñor Robert Prevost (hoy Papa León XIV), compartiendo desayunos, misiones de redes sociales y tardes de tenis en el obispado, aprendiendo de él que, más allá de los títulos, en la Iglesia todos somos, ante todo, hermanos.
Hoy, tras ocho años de formación y habiendo culminado mis estudios, miro hacia el futuro con la misma ilusión del primer día, preparándome para mi próxima ordenación sacerdotal. Mi historia es un reflejo del espíritu de Valientes TV: un espacio que nace para demostrar que seguir a Cristo no es para cobardes, sino para aquellos jóvenes dispuestos a romper el molde, abrazar sus realidades humanas y arriesgarlo todo por un amor que llena la vida por completo.
PREGUNTAS PARA REFLEXIONAR
- Yo tuve que elegir entre la chica que me gustaba y mi vocación. ¿Qué te ayuda a ti a tomar decisiones difíciles cuando estás confundido?
- Al enfermarme de dengue, quise renunciar, pero luego regresé. ¿Cómo podemos diferenciar un miedo pasajero de lo que realmente queremos en la vida?
- A veces se piensa que los seminaristas somos personas «perfectas» o aburridas. Conociendo mi historia, ¿cómo cambia tu idea sobre los jóvenes que decidimos ser sacerdotes?
ORACIÓN
Señor Jesús, te pedimos que derrames tu gracia y fortaleza sobre todos los jóvenes que hoy sienten en su corazón el llamado a seguirte en la vida sacerdotal o religiosa. Concédeles la valentía que tú me diste para no dejarse vencer por los miedos, las dudas o las dificultades del camino. Que en los momentos de debilidad encuentren siempre hermanos que los sostengan y la certeza de que tu amor acompaña cada uno de sus pasos. Te lo pedimos a ti, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén. de que tu amor acompaña cada uno de sus pasos. Te lo pedimos a ti, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.
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