Hola. Si estás leyendo esto, es muy probable que en tu interior sientas una pequeña chispa, una inquietud constante o una pregunta que da vueltas en tu cabeza: ¿Qué quiere el Señor de mí? Déjame decirte que yo estuve exactamente en tu lugar.
Nací en un hogar donde el orden, la responsabilidad y el cuidado mutuo eran el pan de cada día; al ser la hija mayor de un oficial de la Policía de Investigaciones del Perú, desarrollé un carácter protector con mis dos hermanos y una profunda disposición para ayudar en casa. Me encantaba estudiar, actuar en los sociodramas de la escuela, componer poesía y conversar con todo el mundo. Tenía planes, metas y una vida activa por delante, pero el cuadro completo cambió cuando decidí mirar un poco más allá de mi propio horizonte.

A los catorce años, algo dentro de mí me impulsó a acercarme al párroco de mi comunidad en Salamanca de Monterrico. Quería un espacio para servir. Me inicié en los grupos de retiro de mi colegio con las Canonesas de la Cruz, pasé a formar parte del grupo juvenil y luego me convertí en catequista, compartiendo la fe con decenas de personas.
Disfrutaba enormemente dirigir la oración y coordinar actividades. Tanto fue mi involucramiento que, siendo muy joven, me tocó formar parte del equipo organizador para la inolvidable visita del Papa Juan Pablo II a Perú. Nos movilizábamos por miles, con una energía desbordante que solo la juventud posee.

El instante exacto en que levanté la mano
¿Alguna vez has sentido que un mensaje es directo para ti, aunque estés rodeado de miles de personas? Eso me ocurrió en el Hipódromo, durante el encuentro del Papa con los jóvenes. En medio de un calor sofocante de verano, mientras los bomberos nos lanzaban agua con mangueras inmensas para refrescarnos, el Papa Juan Pablo II lanzó una pregunta directa y desafiante: «De todos los jóvenes que están aquí, ¿quiénes van a seguir al Señor en una vida consagrada, como religiosas, religiosos o misioneros?»
Sin dudarlo un segundo, impulsada por una emoción que me desbordaba el pecho, levanté la mano con fuerza en medio de la multitud. ¡Yo, Señor, yo quiero! Ese gesto espontáneo no era una simple emoción pasajera; ya formaba parte de un grupo de discernimiento vocacional con unas hermanas canadienses, donde mes a mes nos cuestionábamos quiénes éramos y cuál era el proyecto de nuestras vidas. Fue en ese caminar pastoral en la parroquia, cobijada por el testimonio de mi familia, donde mi vocación real comenzó a madurar. Muchos de mis amigos de aquel grupo hoy son sacerdotes o superioras de congregaciones; las grandes respuestas nacen siempre de los servicios más sencillos en el día a día.

Una mujer andariega que me robó el corazón
El verdadero giro de la historia vino más adelante, mientras colaboraba como voluntaria dictando clases de religión nocturnas a jóvenes empleadas del hogar. Al salir de la universidad, corría volando con mis libros para cumplir con esa tarea. Fue allí donde vi por primera vez a una misionera con un hábito que no lograba reconocer. Curiosa, me acerqué y le pregunté de qué congregación era. Ella sonrió y me dijo: «Soy Misionera de la Madre Laura. ¿Por qué? ¿Acaso quieres ser religiosa?» Como un mecanismo de defensa inmediato, le mentí: «No, no, son unas amigas que están preguntando». Ella solo se sonrió y al día siguiente me trajo folletos y revistas.
Hubo una frase clave en ese folleto que hizo un clic inmediato con mi personalidad: «Mujer andariega, arriesgada, valiente». Sentí que Dios me estaba describiendo y llamando a través de ese carisma. Conocer la vida de la Madre Laura Montoya, una mujer colombiana valiente que fundó su congregación en territorios de pueblos originarios para defender la dignidad humana, me cautivó por completo. Supe que ese era mi lugar. Cuando fui a pedirle la carta de presentación a mi párroco, él se negó al principio. Me decía: «Ana María, tú eres una chica de ciudad, ellas van al campo, se enfrentan a riesgos, te va a tocar aprender todo desde cero». Yo insistí con firmeza: «No importa, padre, yo voy a aprender». Y vaya si aprendí. Me tocó viajar a Abancay en una de las épocas más duras del terrorismo en nuestro país, atravesando carreteras peligrosas en un viaje de tres días. Mis amigos de la parroquia me despidieron un 18 de enero con cajón, guitarra y valses criollos, celebrando mi partida hacia una aventura totalmente desconocida.

Aprender a caminar en los precipicios de la vida
La vida misionera me transformó profundamente. Imagínate a una joven limeña, acostumbrada a las calles planas y a comprar el pollo ya listo en el mercado, teniendo que aprender a atrapar una gallina o a bajar pendientes empinadas sentada del miedo. Los hermanos campesinos me enseñaron con paciencia a montar a caballo, dándome los ejemplares más dóciles al principio. En ese proceso se fue cumpliendo una frase hermosa de mi fundadora: ‘Se va desbaratando la señorita para irse levantando la misionera’.

Mi familia también vivió su propio proceso. Para mi madre fue un impacto tremendo porque yo era su confidente, mientras que mi padre lo tomó con una serenidad admirable, asegurándome su apoyo incondicional. Con los años, comprendieron que no perdieron una hija, sino que ganaron una familia entera. Mi congregación ha estado al lado de mi madre en los momentos más difíciles, como cuando mi padre falleció mientras yo me encontraba misionando en Colombia. Llegué en la madrugada y mis hermanas de comunidad ya habían organizado todo y consolado a mi madre. La vida consagrada no te aleja de los tuyos; expande tu capacidad de amar de una manera profundamente humana, natural y cercana.

Donde la vida clama, ahí es mi lugar
Ser misionera no es un camino de rosas, pero es una ruta de plenitud. Me ha tocado estar en zonas de alto conflicto social, dialogando con guerrillas, militares y paramilitares en Colombia, o defendiendo los derechos de los pueblos originarios frente a amenazas de bombas y corrupción institucional. Una vez, un grupo de personas tomó por la fuerza un instituto pedagógico que yo dirigía para frenar las correcciones que veníamos haciendo contra la corrupción y los abusos hacia jóvenes indígenas. El párroco local me aconsejó dar un paso al costado por seguridad, pero le respondí: «No, padre, ya tomamos este toro por las astas y hay que seguir adelante». Caminé directo hacia ellos con mis estudiantes, dialogamos y desarticulamos la protesta en media hora.
Donde la vida clama, ahí debe estar el misionero. Si en los lugares más lejanos y olvidados de nuestras fronteras hay educación o salud, es gracias a la presencia viva de la Iglesia que pone el pecho día a día. Por eso, joven que me lees, si sientes esa inquietud en el corazón, te doy el único consejo que transformará tu existencia: ¡Lánzate, arriésgate en esta aventura apasionada! No vivas una vida a medias o arrastrando los días con pesadez. El amor es la fuerza que todo lo supera. Busca un grupo, haz oración sincera, ven y comparte en nuestras casas de misión sin compromisos. Sé valiente y respóndele al Señor, porque vivir al estilo de Jesús, en entrega, servicio y amor profundo, es el único camino seguro para ser plenamente feliz.
Preguntas para la reflexión:
- Dios llamó a Ana María aprovechando su personalidad «andariega, arriesgada y valiente». ¿Qué talentos o rasgos de tu propia forma de ser crees que Jesús quiere utilizar hoy?
- La familia y el párroco de Ana María sintieron temor ante su partida a zonas difíciles. ¿Qué miedos, apegos o comentarios externos te frenan hoy para darle tu «sí» a Dios?
- La gran consigna de este testimonio es «estar allí donde la vida clama». Al mirar tu entorno (amigos, estudios, barrio), ¿dónde identificas que la vida clama por amor y servicio?
Oración:
Señor Jesús, te damos gracias por el testimonio de la hermana Ana María y su entrega en los lugares donde la vida clama. Te pedimos que despiertes en el corazón de muchos jóvenes el deseo de arriesgarse por el sacerdocio, la vida religiosa o la misión. Conbáteles el miedo, bendice a sus familias para que apoyen su camino y dales el arrojo de un «sí» alegre. Haznos sensibles a las necesidades del mundo para vivir plenamente al estilo de tu amor y servicio. Amén.
Mira el testimonio de Ana María en nuestro canal oficial de VALIENTES TV:
También escucha en audio mp3 el testimonio de Ana María, aquí:
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